Cada vez que veo niños, infantes, guaguas, y a sus padres, pienso en cómo debe ser la tediosa tarea de enseñar, cambiar pañales, vestir a
otro ser humano, que pasó por lo mismo hace unos veinte y tantos antes. Creando
problemas, quemando cosas, inundando baños, restregando comida por el suelo,
ensuciando zapatillas, haciendo enojar a la mamá, o al papá.
Es curioso ver como algunos hombres que tengo de amigos y
conocidos cuando supieron la noticia por primera vez se sintieron devastados,
que era el fin del mundo y que no pensaban en nada más que despertar de una
pesadilla sin precedentes. Buscando ayuda, consejos y hasta en algunos casos
pensando en el suicidio. Es curioso como en el transcurso del embarazo de la
mujer con la que habían estado todos esos pensamientos e ideas anteriormente negativas evolucionan
en deseos, esperanzas y ganas de convertirse en progenitores por primera vez.
Muchas veces me pregunto qué tan fácil es aceptar que en
nueve meses o menos toda tu vida, tu estilo, tus horarios, tus comidas, tu
dinero, tú mismo, girarás en torno a la criatura que está por nacer. Darlo todo,
sin importar uno mismo. ¿Qué motiva a un ser humano a matarse de esa forma? ¿A
empujar sus límites y correr si fuese necesario por una criatura que sólo sabe
llorar?
Cuando nació mi hermana muchas veces sentía miedo, no sabía
cómo actuar, cuando lloraba, cuando sonreía, me ponía nervioso. Nunca sabía qué
pedía y no entendía como mi madre acertaba al primer intento. La leche materna,
los juguetes, limpiarle el pañal.
Pensando en lo anterior, con un poco más de edad y raciocinio,
aprendí de las costumbres diarias. Me comencé a convertir en el hermano mayor
que debía ser, preocupado por mi sangre. Pero no bastaba, aún no deducía como
actuar correctamente sin estropear el momento. Muchas veces mis actos me
llevaron a dejarla llorando o cortarle la boca, mandándola al hospital.
Sus primeras palabras, sus primeros pasos, crecía y yo
seguía siendo el inmaduro de siempre. Infantil, despreocupado. Su primera clase
en el jardín, me veía a mí mismo en esos años donde creía haber visto una
mariposa plateada en los juegos que el recinto poseía. Pero ella, era más
inteligente, más viva. Todo lo opuesto a mí.
Volviendo al tema de mis amigos, al pasar un año,
conversando, veía lo feliz que estaban. Pasaban la mayor parte de su tiempo
libre con ellos o ellas, dejando a un lado las amistades y los carretes a los
que tanto asistían con anterioridad. Habían cambiado, eran padres después de
todo y debían ser responsables. Juraba en ese momento que nunca tendría hijos,
no sólo por mi condición sexual sino por evitar a toda costa pasar por esos
momentos que ellos acarreaban. Gastos de plata, falta de sueño, poca energía,
desmotivación para salir. No era lo que llamaría “mi vida perfecta”.
20 años, un poco más maduro, me iba de viaje al sur, solo, o
casi. Cada parada era u nuevo descubrimiento para mí. Una nueva experiencia. Conocí
distintos tipos de familia, algunos con hijos, otras con adolescentes
embarazadas, otros con padres buenos para nada. Sentía pena por algunos casos. En
linares, conocí a Félix, un pequeño rubio de 2 años cuyo apetito voraz me
recordaba mucho al mío. Su madre siempre estaba vigilándolo, poseía más energía
que un juguete nuevo y siempre estaba el desastre doblando la esquina con él
cerca. Con varios adultos descansando, era la oportunidad perfecta de probarme
a mí mismo. Pasé una tarde con él, mimándolo, divirtiéndolo, jugando con los
perros, conversando. Lo que un típico padre novato haría. Sentimientos nuevos y
frescos surgían de aquella motivación. Ganas de enseñar, ganas de cuidar, de
ser humano.
Cuando un cachorro se pierde, lo primero que hará la leona
es ir a buscarlo y reprenderlo. ¿Qué nos mueve a ser padres? ¿Se nace o se
hace? ¿Se tiene que pasar por experiencias similares para desarrollar afecto
paternal? ¿Por qué algunos son más aptos para ser padres? ¿Por qué un padre está
dispuesto a sacrificar su propia vida para hacer feliz al o los hijos? Mi padre
siempre estuvo último en su lista de personas importantes. Siempre malcriándonos
a mí y a mi hermana. De algún modo siempre tenía plata para satisfacer nuestras
peticiones y vernos felices y regocijantes, abrazándolo y diciendo “GRACIAS”. Los
padres son seres maravillosos, algunas veces molestos, algunas veces
necesarios.
¿Qué me lleva a querer tanto un hijo? Sentir la satisfacción
de que estás viendo a la próxima generación que hará lo mismo que tú una y otra
vez. Aprenderá, crecerá, comerá, tomará, tendrá sexo, se divertirá, viajará,
acompañará, aconsejará, bailará, se drogará, besará, amará, odiará, querrá,
regalará, herirá, enojará, subirá, bajará, trabajará, estudiará, emprenderá,
mandará, no dormirá, experimentará, finalmente morirá no sin antes dejar un
legado, aquél que comience todo de nuevo.
Mientras más lo pienso, más lo deseo, y es ese el instinto animal que me mueve a querer tener un hijo, sangre de mi sangre, mi futuro, pero estamos en Chile,
frente a leyes que nada pueden hacer, frente a una sociedad que no te ve con
buenos ojos, donde la homofobia trasgrede todo, no distingue raza ni sexo ni
edad. Donde eres llamado un pervertido o un degenerado. Pero sólo quiero ser
feliz, y experimentar aunque fuese sólo una vez esa felicidad cuando un pequeño o una pequeña te dice por primera vez “PAPÁ”.