Ya seas hétero, gay o bi, siempre habrá alguien que logre
moverte el piso con sólo mirarte, con sólo escucharle, o simplemente pensar en
esa persona. Ya vagamente recuerdo, cuando en mis días de antaño, hace
aproximadamente dos pendejadas, Louis tomaba algunos Schops conmigo. Riendo,
discutiendo, encantándonos. Pero como en todo cuento, siempre hay una versión
que no se cuenta que generalmente viene a ser el final alternativo, el oscuro,
el triste. Después de nunca volverlo a ver, pasaron miles de hombres por mis
ojos, todos y cada uno de ellos, tan diferentes como el anterior, pero ninguno
lograba cautivarme. Hasta ahora.
Siempre he sido de la idea de seguir al corazón, al
instinto, esa salvaje idea que nos dice “voh
dale” pero que siempre termina en tragedia griega, ya sea con el corazón
roto, o con el ego demasiado inflado. Julio es uno de aquellos tipos. Cercano,
distante, enigmático, avergonzado, millones der adjetivos que le califican de “el hueón más rico en años”. Posiblemente
era la fantástica idea de que pertenece, de cierta forma, a una de las ramas
uniformadas, por otro, la idea de haber encontrado a alguien parecido a ti, o a
lo semejante que es tu propio prototipo. Pelo corto, rocker, misma edad, más
alto, distinciones que le hacen acreedor de un nuevo adjetivo, fantasía. Y cómo
tal, difícil de llevar a cabo, insuflándome en pensamientos poco probables, en
futuros nublados, inexplorados.
Este tipo simplemente me había acojonado.
Pasando por deberes de la universidad, nada más conversar
con él saltaba la oportunidad de preguntarle, de atreverse, de volver a
encontrarnos. ¿Querría? ¿Lo desearía tanto como yo? ¿Estaría envuelto en un mar
de ideas tan ridículas como las que pensaba? Muy por dentro sabía que esto sólo
era una aventura más, pasajero, destinado a acabar en un músculo bombeando
lágrimas a montones. Pero la carne es débil, siempre, en algún punto, se
flexibiliza y tiende a ignorar esos detalles, esas razones por las que uno no
debería de atreverse a seguir por un camino que sólo trae miedos y dolor.
“¿Qué? ¿Te dejaron
huérfano? / Sí”. Erección en proceso. La cabeza me daba vueltas y la sola
idea de terminar enfrascados en una remezcla de sudor, sexo y pasión me erizaba
el vello en mis brazos. Me puse mis mocasines y salí hecho un vuelo,
despidiéndome vagamente de los integrantes que habitaban la morada en aquel
instante.
Como si de una emergencia se tratase, daba zancadas a lo
largo y ancho, campeando todos los metros posibles, apurando la caminata y
sudando en seco, buscando el edificio donde mi vecino vivía. Tras pasar las
rejas tomé un camino diferente, esta vez por la puerta principal, pero siempre
con los ojos brillantes, ávidos de producir un fuerte roce con Julio.
Temblando, mi mano derecha se estiraba para tocar el timbre, haciéndole saber a
don calentura que su orden había llegado, y le saldría gratis.
En boxers, con una polera ancha y delgada, Julio hacía gala
de su mirada. Penetrando en mi sien constantemente. Sorprendentemente me
enteraba, por primera vez, que no estaba ocupado haciendo ninguna tarea. Ya me
cabreaba yo de siempre tener que soportar la misma vieja historia de “tengo
tareas, estoy ocupado”. O era yo el impaciente de mierda que siempre quiere
más.
Como película porno, la espera no se hizo larga y nos
acostamos en su cama, reproduciendo un poco de Green Day de fondo, amenizando
de manera natural el entorno: dos jóvenes ardientes sin frenos, insaciables,
alborotantes. Al compás de la guitarra y la batería, mis manos se infiltraban
por su polera, palpando esa espalda que tanto me gustaba, ese pecho con la
cantidad de vello justa, y ese cuello con una fragancia natural que te tentaba
de sobremanera. Acariciaba una y otra vez su piel, pasando por sus costillas y
terminando en su cara, saboreando con cada dedo esa suavidad en el rostro,
juntando nuestras frentes y nuestros labios.
Esos ojos, brillantes, radiantes, testigos de una pasión
desmesurada, me abrían las puertas a soñar despierto, soñando escenas,
vívidamente, como si fueran recuerdos, recuerdos de momentos mágicos, de fulgor
incondicional, un rojo ardiente debajo de las sábanas, un orbe de eterno calor.
Me sentía tan vivo, casi tan vivo como cuando comía pichangas con Louis.
Nuestras lenguas entrelazadas, nuestras piernas adoptando
formas intrínsecas, enredándose continuamente hacían de esta una experiencia
maravillosa. Tal como la anterior, era un placer sexual sin igual sin llegar a
la penetración, me dejaba arrastrar por ese cabello, ese torso, esa espalda,
por todo, aumentando esos deseos fugases de llevar el momento un nivel más allá.
Mi corazón se encontraba dividido, parte de mí lo anhelaba, parte de mí lo repudiaba.
Había ya pasado muchas veces por esa misma situación, una y otra vez. Copas
vacías que se apilaban en lo profundo de mi cavidad craneal, recordándome lo
doloroso que era satisfacer ese pequeño pecado carnal para luego esfumarse para
siempre, nunca volviendo a ver al otro tipo.
Él me hacía sentir diferente.
Tras haberle robado la mitad del aire en una sucesión larga y
salvaje de besos, Julio comenzó a sobarme, demostrando cierto “cariño” en una
forma que no había hecho ninguno de mis anteriores trofeos. Sus labios rozaban
mi frente, mi mejilla, mi cuello, mientras nuestras manos continuaban atadas,
por esa lujuria invisible.
Tras ese pequeño gesto de “amor”, mi vecino continuó bajando
por mi pecho, palpándolo con sus labios, hasta llegar a mi abdomen, el cual
comenzaba a lamer, provocando un nervioso cosquilleo por mis músculos, que
delicia. Mientras que con sus manos, el experto soldado recorría los miles de
otros poros que se repartían por mi cuerpo, que como efecto hacía que una pequeña
pizca de mi tronco se retorciese por lo ameno del tacto. Él simplemente seguía
bajando, hasta la zona más sensible de todas, mi zona erógena predilecta, la
misma que todo hombre posee y que a todos le gusta que le toquen.
Julio se dedicó a lo suyo, mamando de forma continua mi
miembro, llevándome una vez más, al Nirvana, al Éxtasis, provocando Orgasmos de
una inmensidad galáctica, obligándome a suspirar, a jadear, a gritar de placer
intenso. Era un verdadero maestro, y eso me encantaba de sobremanera.
Tras terminar, lo pesqué de la polera que andaba ocupando en
ese momento y lo amarré una vez más a mis labios, arrojándolo a la cama y
tirándome encima de él, pasando mis manos sobre sus piernas, rellenas de vello
sensual, pasando por su bóxer y terminando en sus nalgas, apretando
fuertemente, saboreando con bastante ímpetu. Comencé entonces a frotar mi
entrepierna con su coxis, realizando un leve estímulo sexual, pretendiendo
tener relaciones sexuales con él. Ambos lo disfrutábamos. Me encantaba verlo de
esa manera, gruñendo, mirándome de una forma provocadora que me daba el coraje
de hacer esa fantasía en realidad.
Me quedé un momento paralizado, pensante… ¿Le preguntaba o
no? ¿Qué diría? ¿Se enojaría? “¿Qué pasa?”. Se me había adelantado, de una u
otra forma parecía haberme leído la mente, inspeccionando en algunos de mis más
profundos deseos. “Nada, nada”. Repliqué. No quería cagarla. Al menos, no en
ese momento. “¿Qué pasa, ah?”. Siguió insistiendo, besándome. “Nada hueón oh.”
No podía, simplemente no podía.
Me avisaba de la hora de partida, en algunos minutos más
tendría que irse a la U. Y yo volvería a mi sombría cámara cibernética. Le dejé
ir, tocándole la mano y mirándole. Mientras él se duchaba, sólo me recosté en
la cama, cerrándome los pantalones y cerrando los ojos, llevándome por el ritmo
de Green Day que seguía sonando en la radio principal, Boulevard of Broken Dreams. Tras vestirse, arreglar su mochila y
coger una manzana como merienda, le acompañé a la salida, leseando otro poco
antes de partir caminos. Abajo, Julio miraba con recelo a todas direcciones.
Sería porque aún estaba dentro del clóset, no podía juzgarlo, no todos teníamos
la personalidad, o la valentía suficiente como revelar al mundo entero tal
información, ni hablar de la familia con la que vivía, todos homofóbicos a
morir. No podía culparlo. Simplemente me estrechó la mano, de forma fría,
bastante y se fue a su auto, el famoso Alfa Romeo.
En casa todo seguía igual. Nadie había extrañado mi
ausencia. Lo que sí era seguro, que extrañaría una vez más a mi vecino. Era una
droga, se convertía en mi marihuana. Mi propia marca, mi propio sello, untado
en él, imbuido de deseos y fantasías por montones. Tras el festín de ideas que
rondaban por mi cráneo quedé pensativo, triste. ¿Y si le hubiera preguntado?
¿Perdía algo? El temor infundido en mi persona me lo prohibía. Sólo sería hueveo, no daba para más allá, al menos por parte de él. Era más fácil
convivir con aquel estigma que decir adiós de una manera tan brusca y cortante.
“¿Te gusto hueón?”
Julio…
Julio…
