SUPERHÉROES I: EL MISTERIO DE SOL NEGRO
DOS.LA
ESCUELA CAELUM
Seis y media de la mañana, la alarma sonaba
estrepitosamente. Los últimos minutos antes de recomenzar la escuela pesaba
sobre la conciencia de Aeleo. Los débiles haces de luz se filtraban tras esas
cortinas doradas, hechas a mano por su madre. Lento pero seguro, removía las
sábanas de su cuerpo para ponerse en pie y vestirse acuerdo a la ocasión. El
primer día de escuela del año.
El olor a Tostadas
con mermelada entraba en la nariz del joven, alentándolo a moverse con más
agilidad. El dulce sabor de esa pasta deseaba estar ya en su boca. El regocijo
de desayunar tanta exquisitez ponía de buen humor al muchacho, deseando estar
ya en la escuela para comenzar una jornada más de travesuras anuales. Su madre
ya le indicaba que estaba todo listo para marcharse cuando Aeleo se percató que
algo le faltaba. Se retiró de manera clandestina a su cuarto a buscar ese
objeto que le hacía falta. En el primer cajón, sector izquierdo, se encontraba
una pequeña caja gris brillante y dentro de ella, un colgante con un símbolo
aún desconocido para el joven. Miró fijamente el objeto por unos segundos y se
lo llevó a su cuello. Estaba listo para la escuela.
El paseo en el
auto junto a su madre fue placentero y ameno. Ninguna casualidad que pudiera
registrarse. Como todo primer día de clases los alumnos nuevos en la escuela
miraban en todas direcciones en busca de rostros amigables con los cuales entablar
alguna relación agradable para ellos. En otra esquina los antiguos volvían a verse las caras, a saludarse y comentar lo
mucho, poco o nada que habían disfrutado del largo descanso.
Cerca de la puerta
de la sala número 7 se encontraba Nidia, su mejor amiga; se conocían
prácticamente desde que eran unos infantes. Siempre contaban el uno con el
otro, aunque a veces se podía volver fastidioso. Como fuese, apenas logró
discernir el típico cabello de su amigo ella le comenzó a saludar de forma
automática, agitando sus brazos y enviando alegres sonrisas.
–¿Qué tal señor
dormilón?
La misma pregunta
hace bastante tiempo, Aeleo sólo se limitó a levantar la mano con la palma
abierta en señal de respuesta. No era grato volver al colegio después de un par
de meses en vacaciones. Los bancos seguían en su lugar, su sala con los mismos
adornos de siempre: el horario escolar, la hoja de pruebas, y el pizarrón de
noticias. Cuando todo el alumnado ya se encontraba adentro, el profesor Zoit
Rweilor llamó a la calma e invitó a sus jóvenes pupilos a tomar asiento, entre
ellos a Aeleo.
Como todo comienzo
de año, las primeras horas fueron de la introducción de los profesores, las
asignaturas que el año les traería a los alumnos y por supuesto los nuevos
alumnos que el curso tendría que aceptar.
–Bien chicos,
estos son sus nuevos compañeros, trátenlos bien y háganles sentir que están en
casa.
El primero de
ellos era un chico de 14 años llamado Kyle Lalyat, tenía el pelo muy corto de
color azabache , unos ojos turquesa y en su vestimenta predominaba el color
azul y el naranja. Manifestó su entusiasmo de forma reservada no muy jovial.
Ser uno de los chicos nuevos no era tarea fácil. El segundo de ellos era un
joven ya de 15 años, de nombre James Tifor, de rubia cabellera y aspecto rudo,
usaba una polera negra sin mangas y unos shorts de mezclilla ya desgastados por
el paso del tiempo. El tercer y último miembro del alumnado nuevo para el curso
de Aeleo era una joven de pelo fucsia, por su modesta forma de ser y aparente
costoso vestido no se dudaba de que fuera hija de algún empresario de la zona,
se presentó a sí misma como Roa Jubei y se auto ubicó detrás del chico
somnoliento.
–¡Hola! –un
efusivo saludo por parte de la chica nueva tomó por sorpresa al joven Gantz. No
esperaba una reacción como ella. El chico, por cortesía le devolvió el amistoso
gesto.
–¡Ho-Hola! ¿Qué
tal? Mi nombre es Gantz, Aeleo Gantz. –una egoísta sonrisa por parte de ambos se
sentenció en el rostro de los dos.
–¡Mi cumpleaños,
Aeleo, los volantes, no lo olvides! –una celosa Nidia hacía su participación de
aquel acto.
–Lo sé, Nidia, no
tienes por qué repetirlo, menos gritármelo. Estoy frente a ti. Hey, Roa,
¿quieres venir? Puedes venir conmigo si quieres.
–Por supuesto me
encantaría. Si a tu amiga no le importa claro está.
–Claro que no.
El tema del
cumpleaños no se volvió a tocar durante el resto del día. Una enfurecida Nidia
tras terminada las clases del día se marchó sin despedirse de Aeleo. Por su
parte, el nuevo amigo de Roa parecía no importarle, acompañó a la chica nueva
por toda la escuela para darle un recorrido y así conocer la estructura en su
totalidad. Pasearon por la sala de juntas, la sala de los profesores, el
laboratorio de química y el de física, el gimnasio, la piscina en el techo del
gimnasio, el restaurant, la biblioteca, las áreas verdes de descanso y
finalmente la entrada, portería. Cuando se encontraban en la acera de la calle una
limusina de al menos 3 metros se posó frente al par de jóvenes, una mujer de
unos aparentes cuarenta años bajó del móvil, un reluciente traje negro y unas
gafas púrpura la hacían parecer enigmática. Sin decir nada, Roa subió
rápidamente al vehículo. La extraña fémina luego posó sus ojos en Aeleo
simplemente para volver a entrar en aquella lujosa carrocería.
–¿Qué demonios fue eso?
El joven, perplejo
por aquella extraña situación giró su cuerpo en noventa grados con dirección a
la izquierda para caminar hacia el paradero más próximo y tomar el bus que lo
llevaría a su hogar. Esperaba que su padre aún estuviera allí para discutir su
primer día de clases. Aquello era ya una tradición. Se fue todo el trayecto
pensando en qué tipo de familia tendría Roa. Por como se veían las cosas,
parecía que sus padres eran del tipo sobreprotector en exceso. No le dio más
vueltas y se bajó donde debía, frente a su casa de blanca pintura. Saludó de
forma amistosa a su anciano vecino, el señor Uolge.
Dentro del recinto
no se hallaba ninguno de sus progenitores, cosa bastante extraña pues su madre
no solía salir a esas horas; quizás se lo esperaba de su padre pero no de su
mamá. Dejó su mochila tirada en uno de los sillones cercanos y subió las
escaleras que daban al segundo piso para dirigirse a su cuarto. Antes de girar
el pomo dorado de su pieza, Aeleo recordó los momentos vividos en el Millenia
Center y aquellos extraños hombres que perseguían a su padre y por unos breves
momentos asoció aquella imagen con la persona que había recogido a Roa y la
extraña ausencia de sus padres en el hogar. Giró la perilla y entró en sus
dominios. Adentro, dos personas muy conocidas para él se encontraban paradas
sonrientes y con un enorme pastel de bienvenida. Aeleo corrió hacia su padre y
se abalanzó, tumbándolo al suelo en el proceso.
–¿Por qué no me
avisaron? Pensé que estaba solo. –dijo refunfuñando a su madre, cuya mirada
amable y sonriente no se desvanecía.
–No hubiera sido sorpresa, tontuelo. –su padre
contestó, después de todo, había sido SU idea.
Tras la agradable
treta del señor Pryse, toda la familia bajó al comedor a comer pastel mientras
observaban las noticias cómodamente. Lo más sobresaliente había sido la
desaparición de un farmacéutico de renombre local, Ripley Verges. A las 21:33
Aeleo ya estaba listo para irse a la cama.
En su cuarto, el
muchacho se conectó a la computadora para poder hablar con Nidia sobre su
extraño comportamiento en clases, desgraciadamente no se le veía conectada.
Aquella incómoda charla debería esperar hasta el otro día. Desconectó el
ordenador y reposó su cabeza sobre la suave almohada que se encontraba en su
cama. Aunque no pudo conciliar el sueño de inmediato. Sus dudas le acariciaban
con fuerza la razón. ¿Por qué habrá actuado así su mejor amiga? Entregó todos
los panfletos tal y como habían acordado, lo hizo de buena manera. No sería
producto de su acercamiento con su nueva compañera de clases. ¿O sí?
–Bah… Mujeres. En fin, mañana será otro día…
Un misterioso
hombre reposaba sobre el tejado del muchacho, lo miraba fijamente a través del
cristal con unos binoculares especiales. Negro su traje, y negra su barba. Se
camuflaba tan bien que siquiera algún vecino notaba su presencia. Permanecía
inmóvil, esperando algo. En un movimiento rápido y fatuo llevó su índice a su
oído izquierdo, reaccionando a algún mensaje que le pudiesen estar entregando.
Guardó sus binoculares y sólo se limitó a contestar en un tono frío, sin
emociones: