Ya estaba mucho mejor, se le notaba animoso, alegre,
sonriente, lo cual me dejaba embobado por un largo tiempo. Siempre sabía
hacerme sacar a luz esas pequeñas muecas de felicidad, aunque fuesen
esporádicas, en mí. Era el único hombre al cuál le quería de cierta forma
especial, después de todo el tiempo que llevábamos… ¿Cómo no?
Habíamos acordado otra junta, nuestra propia reunión secreta
llevada a la carne y a la saciedad feroz del sexo. A ambos nos gustaba el
hueveo y no lo disimulábamos para nada. Eras un experto con la boca, y yo un
vil goloso. Pero aquella, después de tu operación, fue todo color amor. Abrazos
iban y venían, miradas de complicidad pura, afectos, toques faciales por
montones, piernas entrelazadas.
Los besos no se dejaron esperar, pero no eran desenfrenados,
para nada. Estos iban cargados de un dulce licor sabor ternura, rociándose por
toda la frente, la nariz, y las mejillas, mientras contemplaba con deleite ese
rostro, esos ojos, esa boca, esa barba. Me volvías loco. Y no podía hacer nada
para calmarme.
Te abracé aún más fuerte, dejando tu pecho pegado al mío,
latiendo al unísono, cerrando los ojos y uniendo nuestras sienes, imaginando
mundos alternos dónde tú y yo éramos felices, lejos del prejuicio social y
familiar. Al abrir mis globos, seguías sonriendo y yo seguía ahueonado. Te tocaba
leventemente tu barbilla, jugando con esos pelos revoltosos que seguían sin
afeitar, un placer sin igual que este demente fetichista capilar gozaba a montones.
Jugaba con tu pierna, y tú con las mías, rozando cada
centímetro de piel, cada pelo del montón, llegando a efectuar una serie de cosquillas
que recorrían todo mi cuerpo y me hacían reír levemente a ratos. Partí con mi
mano izquierda recorriendo tu torso, tus costillas, tu cintura finalmente, y
sólo te miraba, buscando imperfecciones, preguntándome cómo alguien tan mino
como tú querría meterse con alguien como yo. No le encontraba nada, esas
ventanas me dejaban claro que aquello era real, que él me quería, y yo a él.
Era así… ¿Era?
Me agarraste fuertemente el pene con tu mano derecha y no
pude hacer nada al respecto, habías hecho una jugada muy sucia, actuando rápido
y sin pudor. “Hueón…” No atinaba a más. Una dulce y leve caricia por mi zona erógena
hicieron que me excitara a más no poder, y entonces, sexo salvaje.
No recordaba lo rico que era juntarme contigo. Desde el
lapso de mi salida de la Universidad, entre mi depresión, tu enfermedad y tu
operación había perdido el hilo temporal y claramente ese cosquilleo por la
columna se me había olvidado. Futbolero, car-lover, amiguero, respetuoso, bueno
en la cama, extrovertido, rico. Lo eras definitivamente, todo lo opuesto a mí
en mis manos, mi pareja perfecta, el hombre que amo y al que esperaba hace
tiempo.
“Te quiero, hueón”.
Me quedé pasmado. Nunca había oído a ninguno de los tipos
con los que había estado decir aquello. Y tú, el amante del alcohol y del
carrete, vociferando eso a mi oído, después de eyacular. Tomé tu rostro, bajé
hasta tu mentón y moví toda tu cabeza hasta que tus labios se juntaron con los
míos. Esa era mi respuesta definitiva.
Te retiraste graciosamente, yendo a contestar el teléfono,
mientras yo esperaba en tu cama, incrédulo. Simplemente parecía toda una
película romántica con toques de drama en partes iguales. El guion había salido
más que perfecto y siquiera tuve que forzar las prosas y los actos. Te amaba.
Eras la guinda de todo pastel y eras
mío.
Al fin regresabas, listo para culminar el pecado original.
Me vestiste, tapando mis partes con mis interiores y subiéndome el pantalón
mientras me mirabas con esa cara ridícula tuya. Devolvía el gesto
comprensivamente, alabando tu gentileza y tu amabilidad, mientras me dabas la
mano para pararme del colchón.
Comencé a caminar, yendo directamente hasta el final de tu
pieza, mientras tú me agarrabas por detrás y comenzabas a besar mi cuello. Me quedé
ahí mismo, tocando tu pierna con mi mano derecha, mientras que la izquierda se
alzaba lentamente hacia tu cabeza, acariciando sutilmente cada fibra capilar en
tu cráneo, masajeándolo.
Me tenía que retirar, lo sé, así que dejé de pavonear y te miré una última vez, tomando tu mano,
sonriendo, estaba alegre. Pero al escuchar ese portazo sabía que era el final,
hasta quién sabe cuando… Y tener que soportar tanto fue peor, sentir que ese
fuego se apagaba, que la cera de la vela cada vez era menos hasta que la mecha
se cayera…
¿1 mes sin respuesta? No sería la primera vez. No eras el
primer sacohuea que me dejaba tirado sin explicación alguna. De cierta forma,
ya estaba acostumbrado que los hombres me dejaran atrás y siguieran con su
vida, tomando un fragmento más de mi frágil corazón, despedazando otro poco de
mi esperanza, de encontrar el amor en el mundo hostil del que era parte. Ya estaba
fraccionado, dolería sólo un poco.
Cuanto más pasaba, eran peores los recuerdos, noches enteras
reviviendo ese último encuentro, ese último tacto, las últimas palabras que me
pudiste haber dicho. Y era lo que más dolía. ¿Por qué tenían que haber sido
justamente ESAS palabras? No podías terminar una relación con un “te quiero”
incluso si era una relación falsa inventada por dos testarudos cabezones. No
eran solo letras, tenían un significado, uno que mal aprovechado se tornan
espinas difíciles de lograr rescatar.
Tenía que aprender que a veces, en las películas románticas,
también se sufría. E Irrisoriamente luego de llegar a estar a 3 metros sobre el
cielo. No me quedaba nada más por aprender o estigmatizar. Milicos equivalían a
problemas, nunca más lo haría. Incluso viendo todos los días, el mismo portón,
diferentes guardias, diferentes autos, mi vista siempre se volteaba hacia el
quinto piso, buscando tu cara asomarse sólo para gestar un pequeño saludo
cordial.
Ya van casi 2. Odiaría pensar que nada de lo que hubiéramos
experimentado hubiese sido real. Pero mantengo esas escenas, esas fotografías
mentales tan vívidamente cargadas que serás siempre El Vecino, aquél hombre al
que llegué a amar, y no sólo a querer. Al cuál le preví con empatía, consejos y
gustos. Aquél hombre que supo darme consuelo después de una batalla perdida. Aquél
hombre que supo ganarme mi respeto y mi confianza, aun luego de la mierda acontecida.
Te quise
Te quiero
Te querré.
J.I.H.R.

No hay comentarios:
Publicar un comentario