Buscar en este blog

sábado, 12 de mayo de 2012

El Vecino Pt. III


Ya seas hétero, gay o bi, siempre habrá alguien que logre moverte el piso con sólo mirarte, con sólo escucharle, o simplemente pensar en esa persona. Ya vagamente recuerdo, cuando en mis días de antaño, hace aproximadamente dos pendejadas, Louis tomaba algunos Schops conmigo. Riendo, discutiendo, encantándonos. Pero como en todo cuento, siempre hay una versión que no se cuenta que generalmente viene a ser el final alternativo, el oscuro, el triste. Después de nunca volverlo a ver, pasaron miles de hombres por mis ojos, todos y cada uno de ellos, tan diferentes como el anterior, pero ninguno lograba cautivarme. Hasta ahora.

Siempre he sido de la idea de seguir al corazón, al instinto, esa salvaje idea que nos dice “voh dale” pero que siempre termina en tragedia griega, ya sea con el corazón roto, o con el ego demasiado inflado. Julio es uno de aquellos tipos. Cercano, distante, enigmático, avergonzado, millones der adjetivos que le califican de “el hueón más rico en años”. Posiblemente era la fantástica idea de que pertenece, de cierta forma, a una de las ramas uniformadas, por otro, la idea de haber encontrado a alguien parecido a ti, o a lo semejante que es tu propio prototipo. Pelo corto, rocker, misma edad, más alto, distinciones que le hacen acreedor de un nuevo adjetivo, fantasía. Y cómo tal, difícil de llevar a cabo, insuflándome en pensamientos poco probables, en futuros nublados, inexplorados.

Este tipo simplemente me había acojonado.

Pasando por deberes de la universidad, nada más conversar con él saltaba la oportunidad de preguntarle, de atreverse, de volver a encontrarnos. ¿Querría? ¿Lo desearía tanto como yo? ¿Estaría envuelto en un mar de ideas tan ridículas como las que pensaba? Muy por dentro sabía que esto sólo era una aventura más, pasajero, destinado a acabar en un músculo bombeando lágrimas a montones. Pero la carne es débil, siempre, en algún punto, se flexibiliza y tiende a ignorar esos detalles, esas razones por las que uno no debería de atreverse a seguir por un camino que sólo trae miedos y dolor.

¿Qué? ¿Te dejaron huérfano? / Sí”. Erección en proceso. La cabeza me daba vueltas y la sola idea de terminar enfrascados en una remezcla de sudor, sexo y pasión me erizaba el vello en mis brazos. Me puse mis mocasines y salí hecho un vuelo, despidiéndome vagamente de los integrantes que habitaban la morada en aquel instante.

Como si de una emergencia se tratase, daba zancadas a lo largo y ancho, campeando todos los metros posibles, apurando la caminata y sudando en seco, buscando el edificio donde mi vecino vivía. Tras pasar las rejas tomé un camino diferente, esta vez por la puerta principal, pero siempre con los ojos brillantes, ávidos de producir un fuerte roce con Julio. Temblando, mi mano derecha se estiraba para tocar el timbre, haciéndole saber a don calentura que su orden había llegado, y le saldría gratis.

En boxers, con una polera ancha y delgada, Julio hacía gala de su mirada. Penetrando en mi sien constantemente. Sorprendentemente me enteraba, por primera vez, que no estaba ocupado haciendo ninguna tarea. Ya me cabreaba yo de siempre tener que soportar la misma vieja historia de “tengo tareas, estoy ocupado”. O era yo el impaciente de mierda que siempre quiere más.

Como película porno, la espera no se hizo larga y nos acostamos en su cama, reproduciendo un poco de Green Day de fondo, amenizando de manera natural el entorno: dos jóvenes ardientes sin frenos, insaciables, alborotantes. Al compás de la guitarra y la batería, mis manos se infiltraban por su polera, palpando esa espalda que tanto me gustaba, ese pecho con la cantidad de vello justa, y ese cuello con una fragancia natural que te tentaba de sobremanera. Acariciaba una y otra vez su piel, pasando por sus costillas y terminando en su cara, saboreando con cada dedo esa suavidad en el rostro, juntando nuestras frentes y nuestros labios.

Esos ojos, brillantes, radiantes, testigos de una pasión desmesurada, me abrían las puertas a soñar despierto, soñando escenas, vívidamente, como si fueran recuerdos, recuerdos de momentos mágicos, de fulgor incondicional, un rojo ardiente debajo de las sábanas, un orbe de eterno calor. Me sentía tan vivo, casi tan vivo como cuando comía pichangas con Louis.

Nuestras lenguas entrelazadas, nuestras piernas adoptando formas intrínsecas, enredándose continuamente hacían de esta una experiencia maravillosa. Tal como la anterior, era un placer sexual sin igual sin llegar a la penetración, me dejaba arrastrar por ese cabello, ese torso, esa espalda, por todo, aumentando esos deseos fugases de llevar el momento un nivel más allá. Mi corazón se encontraba dividido, parte de mí lo anhelaba, parte de mí lo repudiaba. Había ya pasado muchas veces por esa misma situación, una y otra vez. Copas vacías que se apilaban en lo profundo de mi cavidad craneal, recordándome lo doloroso que era satisfacer ese pequeño pecado carnal para luego esfumarse para siempre, nunca volviendo a ver al otro tipo.

Él me hacía sentir diferente.

Tras haberle robado la mitad del aire en una sucesión larga y salvaje de besos, Julio comenzó a sobarme, demostrando cierto “cariño” en una forma que no había hecho ninguno de mis anteriores trofeos. Sus labios rozaban mi frente, mi mejilla, mi cuello, mientras nuestras manos continuaban atadas, por esa lujuria invisible.

Tras ese pequeño gesto de “amor”, mi vecino continuó bajando por mi pecho, palpándolo con sus labios, hasta llegar a mi abdomen, el cual comenzaba a lamer, provocando un nervioso cosquilleo por mis músculos, que delicia. Mientras que con sus manos, el experto soldado recorría los miles de otros poros que se repartían por mi cuerpo, que como efecto hacía que una pequeña pizca de mi tronco se retorciese por lo ameno del tacto. Él simplemente seguía bajando, hasta la zona más sensible de todas, mi zona erógena predilecta, la misma que todo hombre posee y que a todos le gusta que le toquen.

Julio se dedicó a lo suyo, mamando de forma continua mi miembro, llevándome una vez más, al Nirvana, al Éxtasis, provocando Orgasmos de una inmensidad galáctica, obligándome a suspirar, a jadear, a gritar de placer intenso. Era un verdadero maestro, y eso me encantaba de sobremanera.

Tras terminar, lo pesqué de la polera que andaba ocupando en ese momento y lo amarré una vez más a mis labios, arrojándolo a la cama y tirándome encima de él, pasando mis manos sobre sus piernas, rellenas de vello sensual, pasando por su bóxer y terminando en sus nalgas, apretando fuertemente, saboreando con bastante ímpetu. Comencé entonces a frotar mi entrepierna con su coxis, realizando un leve estímulo sexual, pretendiendo tener relaciones sexuales con él. Ambos lo disfrutábamos. Me encantaba verlo de esa manera, gruñendo, mirándome de una forma provocadora que me daba el coraje de hacer esa fantasía en realidad.

Me quedé un momento paralizado, pensante… ¿Le preguntaba o no? ¿Qué diría? ¿Se enojaría? “¿Qué pasa?”. Se me había adelantado, de una u otra forma parecía haberme leído la mente, inspeccionando en algunos de mis más profundos deseos. “Nada, nada”. Repliqué. No quería cagarla. Al menos, no en ese momento. “¿Qué pasa, ah?”. Siguió insistiendo, besándome. “Nada hueón oh.” No podía, simplemente no podía.

Me avisaba de la hora de partida, en algunos minutos más tendría que irse a la U. Y yo volvería a mi sombría cámara cibernética. Le dejé ir, tocándole la mano y mirándole. Mientras él se duchaba, sólo me recosté en la cama, cerrándome los pantalones y cerrando los ojos, llevándome por el ritmo de Green Day que seguía sonando en la radio principal, Boulevard of Broken Dreams. Tras vestirse, arreglar su mochila y coger una manzana como merienda, le acompañé a la salida, leseando otro poco antes de partir caminos. Abajo, Julio miraba con recelo a todas direcciones. Sería porque aún estaba dentro del clóset, no podía juzgarlo, no todos teníamos la personalidad, o la valentía suficiente como revelar al mundo entero tal información, ni hablar de la familia con la que vivía, todos homofóbicos a morir. No podía culparlo. Simplemente me estrechó la mano, de forma fría, bastante y se fue a su auto, el famoso Alfa Romeo.

En casa todo seguía igual. Nadie había extrañado mi ausencia. Lo que sí era seguro, que extrañaría una vez más a mi vecino. Era una droga, se convertía en mi marihuana. Mi propia marca, mi propio sello, untado en él, imbuido de deseos y fantasías por montones. Tras el festín de ideas que rondaban por mi cráneo quedé pensativo, triste. ¿Y si le hubiera preguntado? ¿Perdía algo? El temor infundido en mi persona me lo prohibía. Sólo sería hueveo, no daba para más allá, al menos por parte de él. Era más fácil convivir con aquel estigma que decir adiós de una manera tan brusca y cortante. 

¿Te gusto hueón?” 

Julio… 

Julio…



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...