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domingo, 29 de mayo de 2016

Khiala I : (0) RUNAWAY

Khiala, Desert Warrior 0: Runaway

A stunning blazing sun was watching her; Khiala, as she carried lots and lots of water pots to her tribe, the Khu’mas. It was becoming a very dry year and liquid soon enough became an issue. She had to face thieves, bandits and penny-snatchers. At a tender age, she learned how to swing a blade, having a rough life all alone, abused and almost slaved. She planned ahead a sweet escape but she needed to gather some food and find some means of transport first. As one of the coldest nights ever to arrive, the woman fiercely encouraged herself, killed one of the guards and stole a camel to take her to nowhere lands. The future was uncertain, only sand was gazed through the fartest sight. Where she would end up was a complete mystery.

~ A Fragmentary Passage ~

Soon enough after her departure, the fierce young woman fell unconscious, prey to her own fatigue. She closed both of her eyelids and entered the realm of dreams. So deep asleep she was that never noticed her arrival to the big city of Lanza’as, known mostly for its rich people and home to the rival and dangerous clan of Tsho’ros. She swiftly changed her clothes to go by unnoticed and time after, she released her traveling partner and saw it walk away. She saw it with a big smile, watching his own fading into the scorching sands. She bravely came out of the lurking shadows and looked across the wide streets. Was it safe? No one would say, but, the moment she was recognized, she was sure she would meet her own demise.


Street flea markets, coins flowing back and forth, kids in a mischievous behavior, it was a natural atmosphere for Khiala as she worked many years under the orders of the thief Puungha, letting her to know about cities, some contacts, moving around walls and many other handful skills. She started to walk looking for her only and dearest childhood friend, a brownish, tall and fit boy; months without any news from him casted heavy doubt on the young lady. Cold stares pierced her tough armor and started to shatter her in the inside. She felt lonely, weak, even ill. She talked with the streetmarkers, but the only information she could find was that her beloved friend, the only light she was able to see despite her dark surroundings, was being held captive at the Great Palace. Down in the blue, she started to look for an empty roof, a nice spot to relax and sit, to watch as the sun began to fade, away into the sinking and infinite sand.



sábado, 28 de mayo de 2016

SH I : (II) LA ESCUELA CAELUM

SUPERHÉROES I: EL MISTERIO DE SOL NEGRO

DOS.LA ESCUELA CAELUM
  
     Seis y media de la mañana, la alarma sonaba estrepitosamente. Los últimos minutos antes de recomenzar la escuela pesaba sobre la conciencia de Aeleo. Los débiles haces de luz se filtraban tras esas cortinas doradas, hechas a mano por su madre. Lento pero seguro, removía las sábanas de su cuerpo para ponerse en pie y vestirse acuerdo a la ocasión. El primer día de escuela del año.
    
     El olor a Tostadas con mermelada entraba en la nariz del joven, alentándolo a moverse con más agilidad. El dulce sabor de esa pasta deseaba estar ya en su boca. El regocijo de desayunar tanta exquisitez ponía de buen humor al muchacho, deseando estar ya en la escuela para comenzar una jornada más de travesuras anuales. Su madre ya le indicaba que estaba todo listo para marcharse cuando Aeleo se percató que algo le faltaba. Se retiró de manera clandestina a su cuarto a buscar ese objeto que le hacía falta. En el primer cajón, sector izquierdo, se encontraba una pequeña caja gris brillante y dentro de ella, un colgante con un símbolo aún desconocido para el joven. Miró fijamente el objeto por unos segundos y se lo llevó a su cuello. Estaba listo para la escuela.
    
     El paseo en el auto junto a su madre fue placentero y ameno. Ninguna casualidad que pudiera registrarse. Como todo primer día de clases los alumnos nuevos en la escuela miraban en todas direcciones en busca de rostros amigables con los cuales entablar alguna relación agradable para ellos. En otra esquina los antiguos volvían  a verse las caras, a saludarse y comentar lo mucho, poco o nada que habían disfrutado del largo descanso.
    
     Cerca de la puerta de la sala número 7 se encontraba Nidia, su mejor amiga; se conocían prácticamente desde que eran unos infantes. Siempre contaban el uno con el otro, aunque a veces se podía volver fastidioso. Como fuese, apenas logró discernir el típico cabello de su amigo ella le comenzó a saludar de forma automática, agitando sus brazos y enviando alegres sonrisas.
    
     –¿Qué tal señor dormilón?
    
     La misma pregunta hace bastante tiempo, Aeleo sólo se limitó a levantar la mano con la palma abierta en señal de respuesta. No era grato volver al colegio después de un par de meses en vacaciones. Los bancos seguían en su lugar, su sala con los mismos adornos de siempre: el horario escolar, la hoja de pruebas, y el pizarrón de noticias. Cuando todo el alumnado ya se encontraba adentro, el profesor Zoit Rweilor llamó a la calma e invitó a sus jóvenes pupilos a tomar asiento, entre ellos a Aeleo.

     Como todo comienzo de año, las primeras horas fueron de la introducción de los profesores, las asignaturas que el año les traería a los alumnos y por supuesto los nuevos alumnos que el curso tendría que aceptar.

     –Bien chicos, estos son sus nuevos compañeros, trátenlos bien y háganles sentir que están en casa.

     El primero de ellos era un chico de 14 años llamado Kyle Lalyat, tenía el pelo muy corto de color azabache , unos ojos turquesa y en su vestimenta predominaba el color azul y el naranja. Manifestó su entusiasmo de forma reservada no muy jovial. Ser uno de los chicos nuevos no era tarea fácil. El segundo de ellos era un joven ya de 15 años, de nombre James Tifor, de rubia cabellera y aspecto rudo, usaba una polera negra sin mangas y unos shorts de mezclilla ya desgastados por el paso del tiempo. El tercer y último miembro del alumnado nuevo para el curso de Aeleo era una joven de pelo fucsia, por su modesta forma de ser y aparente costoso vestido no se dudaba de que fuera hija de algún empresario de la zona, se presentó a sí misma como Roa Jubei y se auto ubicó detrás del chico somnoliento.

     –¡Hola! –un efusivo saludo por parte de la chica nueva tomó por sorpresa al joven Gantz. No esperaba una reacción como ella. El chico, por cortesía le devolvió el amistoso gesto.

     –¡Ho-Hola! ¿Qué tal? Mi nombre es Gantz, Aeleo Gantz. –una egoísta sonrisa por parte de ambos se sentenció en el rostro de los dos.

     –¡Mi cumpleaños, Aeleo, los volantes, no lo olvides! –una celosa Nidia hacía su participación de aquel acto.

     –Lo sé, Nidia, no tienes por qué repetirlo, menos gritármelo. Estoy frente a ti. Hey, Roa, ¿quieres venir? Puedes venir conmigo si quieres.

     –Por supuesto me encantaría. Si a tu amiga no le importa claro está.

    –Claro que no.

     El tema del cumpleaños no se volvió a tocar durante el resto del día. Una enfurecida Nidia tras terminada las clases del día se marchó sin despedirse de Aeleo. Por su parte, el nuevo amigo de Roa parecía no importarle, acompañó a la chica nueva por toda la escuela para darle un recorrido y así conocer la estructura en su totalidad. Pasearon por la sala de juntas, la sala de los profesores, el laboratorio de química y el de física, el gimnasio, la piscina en el techo del gimnasio, el restaurant, la biblioteca, las áreas verdes de descanso y finalmente la entrada, portería. Cuando se encontraban en la acera de la calle una limusina de al menos 3 metros se posó frente al par de jóvenes, una mujer de unos aparentes cuarenta años bajó del móvil, un reluciente traje negro y unas gafas púrpura la hacían parecer enigmática. Sin decir nada, Roa subió rápidamente al vehículo. La extraña fémina luego posó sus ojos en Aeleo simplemente para volver a entrar en aquella lujosa carrocería.

     –¿Qué demonios fue eso?

     El joven, perplejo por aquella extraña situación giró su cuerpo en noventa grados con dirección a la izquierda para caminar hacia el paradero más próximo y tomar el bus que lo llevaría a su hogar. Esperaba que su padre aún estuviera allí para discutir su primer día de clases. Aquello era ya una tradición. Se fue todo el trayecto pensando en qué tipo de familia tendría Roa. Por como se veían las cosas, parecía que sus padres eran del tipo sobreprotector en exceso. No le dio más vueltas y se bajó donde debía, frente a su casa de blanca pintura. Saludó de forma amistosa a su anciano vecino, el señor Uolge.

     Dentro del recinto no se hallaba ninguno de sus progenitores, cosa bastante extraña pues su madre no solía salir a esas horas; quizás se lo esperaba de su padre pero no de su mamá. Dejó su mochila tirada en uno de los sillones cercanos y subió las escaleras que daban al segundo piso para dirigirse a su cuarto. Antes de girar el pomo dorado de su pieza, Aeleo recordó los momentos vividos en el Millenia Center y aquellos extraños hombres que perseguían a su padre y por unos breves momentos asoció aquella imagen con la persona que había recogido a Roa y la extraña ausencia de sus padres en el hogar. Giró la perilla y entró en sus dominios. Adentro, dos personas muy conocidas para él se encontraban paradas sonrientes y con un enorme pastel de bienvenida. Aeleo corrió hacia su padre y se abalanzó, tumbándolo al suelo en el proceso.

     –¿Por qué no me avisaron? Pensé que estaba solo. –dijo refunfuñando a su madre, cuya mirada amable y sonriente no se desvanecía.

     –No hubiera sido sorpresa, tontuelo. –su padre contestó, después de todo, había sido SU idea.

     Tras la agradable treta del señor Pryse, toda la familia bajó al comedor a comer pastel mientras observaban las noticias cómodamente. Lo más sobresaliente había sido la desaparición de un farmacéutico de renombre local, Ripley Verges. A las 21:33 Aeleo ya estaba listo para irse a la cama.

     En su cuarto, el muchacho se conectó a la computadora para poder hablar con Nidia sobre su extraño comportamiento en clases, desgraciadamente no se le veía conectada. Aquella incómoda charla debería esperar hasta el otro día. Desconectó el ordenador y reposó su cabeza sobre la suave almohada que se encontraba en su cama. Aunque no pudo conciliar el sueño de inmediato. Sus dudas le acariciaban con fuerza la razón. ¿Por qué habrá actuado así su mejor amiga? Entregó todos los panfletos tal y como habían acordado, lo hizo de buena manera. No sería producto de su acercamiento con su nueva compañera de clases. ¿O sí?

     –Bah… Mujeres. En fin, mañana será otro día…

     Un misterioso hombre reposaba sobre el tejado del muchacho, lo miraba fijamente a través del cristal con unos binoculares especiales. Negro su traje, y negra su barba. Se camuflaba tan bien que siquiera algún vecino notaba su presencia. Permanecía inmóvil, esperando algo. En un movimiento rápido y fatuo llevó su índice a su oído izquierdo, reaccionando a algún mensaje que le pudiesen estar entregando. Guardó sus binoculares y sólo se limitó a contestar en un tono frío, sin emociones:

     –Sujeto: Gantz, Aeleo, confirmado.

SH I : (I) UN PEQUEÑO DESCANSO

SUPERHÉROES I: EL MISTERIO DE SOL NEGRO

UNO.UN PEQUEÑO DESCANSO

     Era una cálida mañana de Domingo. No había clases. No había tareas. No había por qué levantarse temprano. Eran las once y aún seguía acostado en su pieza. Perezoso, friolento, cualquier excusa servía para no poner un pie en el suelo. Prefería que le sirvieran el desayuno en la cama. Como solían hacerlo para su cumpleaños.

     –¿Aeleo? ¿Aeleo, estás despierto? –la voz de una mujer resonaba por toda la pieza. Pero el chico la ignoraba. –¡Aeleo, despierta en este mismo instante! ¡Necesito que me acompañes al mercado!

     –¡Agh! ¡Odio que hagas eso! ¡Déjame dormir mamá! –el muchacho, molesto por tener que abrir los ojos sin haber descansado completamente refunfuñaba dentro de sí mismo.      

     –¡Por favor, déjame dormir!

     –¡No lo repetiré! ¡Te quiero abajo en quince minutos!

     –Rayos…

     Aeleo lentamente se destapó y con la mano derecha tomó el reloj para ver la hora. Su expresión de disgusto se hizo aún mayor. Eran las 9 am y ya se encontraba activo. Se vistió con lo primero que encontró en el closet. No estaba de humor para elegir cuidadosamente la vestimenta que usaría a lo largo del último día de vacaciones. Ya con la polera roja de su último cumpleaños y sus pantalones beige favoritos bajó a desayunar. El rico olor a tostadas con mermelada de durazno se olía a distancia. Era uno de sus bocadillos predilectos. Por lo menos le tendrían un regalito por levantarlo tan temprano.

     –Mamá. ¿Papá llegará temprano hoy? –desde luego nadie lo sabía. El padre de Aeleo era un científico brillante. Muchos de los días no llegaba a verlo. El saber siquiera que pasaría a visitarlo incluso un par de minutos lo alegraba.

     –No sé corazón. Ya sabes cómo es su trabajo. Va y viene cuando puede.

     Tocaron la puerta levemente. Aeleo como siempre fue para ver quien molestaba tan temprano. Al abrir, su reacción fue evidentemente de sorpresa. El señor Pryse vestía una elegante bata blanca como la nieve pura. Sus anteojos azul marino lo hacían resaltar aún más. Abrazó a su hijo como si nunca lo hubiera visto. Era obvio que ambos se amaban mutuamente.

     –¡Uf! Ya no hallaba la hora de salir de ese horrible trabajo.

     –¿Te quedarás para el almuerzo? –Sonaba como si nunca hubieran pasado tiempo juntos.

     –Pero por supuesto. Sé que es tu último día de vacaciones. Así que decidí tomarme el día libre. ¿Te gustó la sorpresa? –regalos como esos pasan muy pocas veces. Y Aeleo estaba muy agradecido.

     Terminado el desayuno alegre de la familia, Aeleo fue a ponerse zapatos y a buscar algún polerón. Ya abajo, la camioneta estaba encendida y lista para partir. Al bajar de la escalera el chico notó que algo parecido a una sombra pasaba por detrás de la ventana del patio. Antes de salir de su hogar fue a revisar por si acaso. Nada. La piscina seguía igual. Las sillas y la mesa seguían también ahí. El techo de nylon impecable. Sin nada fuera de lo común el muchacho salió de la casa. Se subió en los asientos traseros y la familia partió.

     Decidieron ir a Millenia Center, un espacio recreativo y de compras, donde había algo para todos los gustos. Aeleo se bajó muy emocionado. Admiraba la plaza central como si fuera “El País de las Maravillas”. Su padre lo detuvo un momento y le bajó los humos.

     –Debes comportarte. No puedes perder los ojos sólo porque no venimos hace un buen tiempo. –El tono parecía estricto.

     –Sí, sí. Lo sé. Es sólo que sabes lo mucho que me encanta este lugar. –Miró a su padre con cara de perro regañado.

     –Está bien amor, déjalo que se divierta un poco. Es su último día de libertad. –La mirada sonriente sarcástica le había dejado un dejo de incredulidad. 

     Recorrieron el primer piso juntos. Aeleo sólo se enfocaba en su pasión, los juegos de video. El lugar estaba casi repleto. Lleno de familias que quizás como él pasaban sus últimos momentos unidos antes de que empezara la escuela y el trabajo.

     Mientras la madre admiraba unos vestidos en un aparador cercano, el señor Pryse se acercó un momento a su único hijo.

     –Aeleo, ven un poco. –Como cual cachorro obediente, el chiquillo desvió su mirada un segundo para dirigirse a su padre.

     –¿Qué sucede?

     –No quería hacer esto hasta tu cumpleaños pero. Quizás resulte que no pueda venir. La compañía tiene que trabajar mucho por estos dos meses siguientes. Y, al igual que tú, suelo ser un poco olvidadizo. Así que creo que lo mejor es entregarte esto ahora.

     De su bolsillo izquierdo, un pequeño colgante grisáceo brillaba con los reflectores del mall. Era una joya que llevaba marcada una insignia. El brillante científico con mucho cuidado le puso el collar en el cuello de su primogénito.

     –Esto es de familia. Me perteneció en mi época de juventud, por parte de tu abuelo. Creo que ha llegado el momento de pasarlo. Estás a punto de cumplir 14, es una gran edad hijo. –el muchacho sentía los ojos de su padre brillar. Sabía que aquel objeto era de suma importancia para él.

     –Gracias, padre. Te prometo que lo cuidaré.

     –Sé que lo harás. –dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

     Cuando habían terminado la pequeña plática, la señora Anne estaba esperándolos a ambos. Con mucha educación pidió un vestido verde con lentejuelas en su extremo inferior. ­­Coincidencia que el aniversario de matrimonio de la pareja era una semana antes que el cumpleaños de su hijo. Con la pequeña satisfacción de haber obtenido una prenda ya cumplida Aeleo sugirió ir a comer; después de todo ya era hora de almorzar.

     En el tercer piso el señor Pryse les dio dinero a todos para elegir lo que quisieran. Su esposa había ido a un local de comida francesa, mientras que el pre adolescente había optado por una pizza individual.

     Se sentaron a la mitad del patio de comidas, delante de un gigantesco reloj que mostraba la hora de varios países, entre ellos, en el que residían. La mayoría de las personas presentes ahí eran parejas con sus hijos, como todos los años. El último domingo de Marzo era el día que todos aprovechaban para salir juntos. Era allí donde las vacaciones de la escuela, la universidad y el trabajo acababan.

     Al acabar, Aeleo fue a comprarse un helado con el vuelto de la comida. Era ya tiempo de irse. Su padre le preguntó a donde quería ir ahora. El chico contestó que quería pasear en la playa. Nadie se negó.

     Antes de llegar al ascensor para bajar al primer piso, la familia fue interceptada por tres sujetos. Uno era alto, de piel negra y contextura gruesa. El segundo a su izquierda Era también alto, de tez blanca y pelo amarillento. El tercer integrante, una mujer, era más chica que ellos, de pelo fucsia y uñas negras, de tez bronceada. Lo curioso era que el trío usaba esmoquin y gafas oscuras.

     –Señor Gantz. ¿No es así? –el tipo negro había abierto la boca.

     –Sí, así es. ¿Se le ofrece algo? –el tono que ambos ocupaban indicaba que no era grato para ninguno de los dos.     

     –Verá. Pertenezco a cierta compañía. Y pues, mi jefe ha quedado encantado con sus habilidades. –sonaba más a una orden que una propuesta.

     –¿Quiere que trabaje para él? ¿Es eso lo que me quiere decir? –El señor Pryse comenzaba a fruñir el ceño levemente.

     –Precisamente. –el aura del sujeto no era muy amistosa para nada.

     –Pues, puede decirle que me quedo donde estoy y que gracias por la oferta pero me veo en la situación de rechazarla.

     –¿Está seguro? –con un paso hacia adelante, la orden tipo propuesta parecía más amenazadora.

     –¿Está intentando amedrentarme? –Aeleo nunca había visto a su padre molestarse. Era quizás la primera vez. –Estoy disfrutando de una salida con mi señora y mi hijo. Ahora, si me disculpa, tengo que tomar un ascensor.

     Al abrirse la puerta todos entraron inmediatamente al elevador. Había sido una situación rara y molesta. A través del vidrio del artefacto veían como el corpulento miembro de los agentes los seguía observando mientras bajaban hasta que se perdieron de vista. Los ojos de Aeleo se posaron sobre los lentes de la chica de pelo fucsia. Parecía que podía verlos muy definidamente.

     –Si es así como lo quiere. Así será pues.

     Al subirse al auto, el señor Pryse les dirigió la palabra al resto de los miembros familiares.

     –Es mejor que vayamos a casa. No quisiera encontrarme con esos tipos de nuevo. Aeleo, lo siento pero otro día iremos a la playa. Sólo tú y yo. ¿Te parece?

     –De acuerdo.

     El chico había puesto su cara de molestia. Obviamente no le agradaba la idea de terminar el paseo familiar de esa forma tan abrupta. Cruzó los brazos y veía como su padre sacaba la camioneta para llevarlos a todos de vuelta a la casa.

     En la puerta de la residencia Gantz una chica se encontraba esperando; Aeleo la había reconocido de inmediato. Era Nidia, compañera de colegio y amiga del chico.

     –¡Nidia! Que sorpresa. ¿Qué haces aquí?

     –¿Que ya se te olvidó? Se acerca mi cumpleaños. Ya perdí la cuenta de cuantas veces te lo he dicho ya, no puedo creer que no lo recuerdes. –la muchacha parecía algo molesta.

     –Eh, bueno, ahora que lo recordé… ¿Qué quieres?

     –Sí, claro. Mañana en clases me ayudarás a repartir los volantes.

     –¿Para eso viniste hasta aquí? ¿Qué no podrías haber esperado hasta mañana?

     –Para que te vayas preparando. Mañana, siete y media am. Ni un minuto tarde.

     Dicho esto, la chica se marchó con unas furiosas zancadas dejando al pobre Aeleo un tanto extrañado y dubitativo.

     –Odio cuando se pone así.

     Desde el interior de la casa lo llamaban. Si no podían ir a la playa por lo menos pasarían toda la tarde juntos, como la feliz familia que eran.

SH I : (0) SOMBRAS

SUPERHÉROES I: EL MISTERIO DE SOL NEGRO

CERO.SOMBRAS

     Corría por los pasajes más oscuros que podía, atormentado por los mismos ruidos que los desperfectos eléctricos lograban producir. Veía sombras moverse detrás de él, delante de él, alrededor, por todos lados. En el próximo cruce viró a la derecha con la esperanza de zafarse de las personas que lo seguían. Voces le susurraban al oído: “ven”, “no escaparás”, “es inútil resistirse”. Era todo lo que podía oír. Llegó a una pequeña plaza desierta. A su alrededor habían columpios y resbalines. Su corazón agotado clamaba por un respiro. Sabía que si se detenía sería su fin. No volvería a ver a su familia, ni a sus hijos, ni sus vecinos ni su mascota. Muy dentro quería rendirse y que acabara todo aquello. Pero no lo haría sin antes pelear. Algo pasó. Se empezaron a escuchar pasos. Gente vestida con ternos negros se acercaban sigilosamente. El sujeto acorralado miraba a todos lados. Tenía tres extraños al frente, dos atrás y 1 a cada lado. Las gotas de sudor recorrían su frente. Bajaban por sus mejillas y terminaban en el suelo. Ya no podía más.

     –Ya no corras más. –dijo uno de los agentes. Tenía la tez blanca y el pelo corto color café claro. Llevaba gafas oscuras que adornaban espléndidamente el contorno de sus ojos. Su voz hacía notar la jefatura que poseía sobre los demás. Ninguno de los otros se movía.

     –Y ahora… te haré la siguiente pregunta sólo una vez. ¿Te unirás a nuestra causa? –el agente miraba fijamente al extraño atrapado. Infundía terror. Lo obligaba a aceptar el contrato.

     –¿Tú crees que simplemente dejaré que me atrapen? –desafiaba con ímpetu. Al momento de decir esas palabras alzaba las manos y se ponía en posición de lucha. –Piensa de nuevo.

     El tipo rápidamente desapareció en una cortina de humo y apareció detrás de los guardias sur propinándoles una patada doble que los noqueó. Los de ambos lados intentaron acercársele muy rápidamente pero el sujeto nuevamente hacía gala de su habilidad especial. Desapareciendo y apareciendo detrás de ambos malvados dejándolos dormidos. Su maestría en el manejo de ese poder que poseía era evidente. No era una mera casualidad que hubiera descubierto recién la peculiaridad demostrada. Ya tenía bastante tiempo usándolo al parecer.

     –Vaya. Impresionante en verdad. No pensé que fueras tan hábil en el uso de la teletransportación. –hacía sonar sus nudillos. Sus pupilas traspasaban el reflejo de los anteojos y mostraban la furia que llevaba en el interior–. ¡Faxia! ¡Xeron! ¡Adelante!

     Al momento de marcar aquellas palabras los sujetos custodiando la espalda del jefe saltaron en el aire. Faxia, una chica de pelo fucsia tomó aire y sopló de manera que el viento llegó a golpear al teletransportador, causándole algunos cortes de menor importancia. Xeron, el otro guardia de pelo corto rojo caía golpeando el suelo con su puño. Provocando un movimiento de tierra que desequilibró a su oponente. De nuevo, este, se teletransportaba detrás de la mujer para agarrarla y lanzarla lejos. Golpeándose esta con la pared, perdiendo la conciencia. Y una vez más hacía demostración de su rareza apareciendo en la cara de Xeron, propinándole un certero golpe en la cara. Haciéndole sangrar y pegar su rostro con el suelo quedando inmóvil.

     –En verdad eres talentoso Ripley. –dijo el hombre. Aún sonriendo por lo que sus órbitas veían.

     –¿Ah? ¿Cómo sabes mi nombre? –el asustado sujeto miraba fijamente al único agente que restaba.

     –Sé mucho más que eso. Sé dónde trabajas. Donde vives. Tu familia. Todo. –el revelador informe preocupaba a Ripley.

     –Bueno… ¿Y qué quieres de mí? –al fin la pregunta del millón.

     –Je. No malinterpretes la situación. No es lo que YO quiero. Sino lo que mi jefe quiere. –el tono de la voz de la misteriosa persona hacía dudar aún más al habilidoso humano–. Él… Tiene un sueño… Y sólo se podrá realizar una vez que tú y todos los demás con esos poderes se unan a Sol Negro.

     –¿Sol… Negro? ¿Qué es eso? ¿Una loca corporación maligna? –ahora sí que estaba confundido. No sabía ni quiénes eran los que lo perseguían.

     –No maldigas el nombre de mi querida compañía. Pagarás por tal aberración. –lentamente acercó su mano izquierda hacía su cara. Lentamente tomó sus lentes y se los quitó de encima. Mantenía sus ojos cerrados, y la calma alrededor de su persona–. Es por esto mismo que no debes nunca insultar a alguien que te puede patear el trasero sin siquiera mover un músculo.

     Muy despacio abrió de par en par ambos párpados. Sus ojos de un color rojo intenso se posaban en el contorno del cuerpo de Ripley. Como un depredador acechando su presa. El hombre muy tranquilo avanzaba hacia su objetivo. Una sola misión. Llevarlo al lugar de su trabajo.

     –¡Maldito! –hecho una furia, velozmente el acechado se teletransportó hasta estar detrás del mandamás.

     –Es inútil.

     Dicho esto movió su mano hacia atrás y como si nada Ripley salió disparado. Chocando con una pared. Cayendo arrodillado. El adolorido hombre volteaba el rostro para contemplar como el último de los agentes levantaba nuevamente su mano. Salió disparado nuevamente pero en vez de volver a chocar con la pared fue atraído hacia el extraño sujeto. Este lo agarró del cuello y sonreía de una forma maquiavélica. El aire se puso denso de repente. Casi no se podía respirar. Al mirar fijamente el rojo del iris de su enemigo, Ripley comenzó a perderse en él. Llamas desbordaban del contorno del glóbulo ocular, quemaban intensamente la psiquis del atrapado.

     –Je. Eres mío al fin. –un largo silencio reinó en el ambiente–. Por cierto… Mi nombre es… Sixtio. Bienvenido… recluta.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El Vecino Pt. V


Ya estaba mucho mejor, se le notaba animoso, alegre, sonriente, lo cual me dejaba embobado por un largo tiempo. Siempre sabía hacerme sacar a luz esas pequeñas muecas de felicidad, aunque fuesen esporádicas, en mí. Era el único hombre al cuál le quería de cierta forma especial, después de todo el tiempo que llevábamos… ¿Cómo no?

Habíamos acordado otra junta, nuestra propia reunión secreta llevada a la carne y a la saciedad feroz del sexo. A ambos nos gustaba el hueveo y no lo disimulábamos para nada. Eras un experto con la boca, y yo un vil goloso. Pero aquella, después de tu operación, fue todo color amor. Abrazos iban y venían, miradas de complicidad pura, afectos, toques faciales por montones, piernas entrelazadas.

Los besos no se dejaron esperar, pero no eran desenfrenados, para nada. Estos iban cargados de un dulce licor sabor ternura, rociándose por toda la frente, la nariz, y las mejillas, mientras contemplaba con deleite ese rostro, esos ojos, esa boca, esa barba. Me volvías loco. Y no podía hacer nada para calmarme.

Te abracé aún más fuerte, dejando tu pecho pegado al mío, latiendo al unísono, cerrando los ojos y uniendo nuestras sienes, imaginando mundos alternos dónde tú y yo éramos felices, lejos del prejuicio social y familiar. Al abrir mis globos, seguías sonriendo y yo seguía ahueonado. Te tocaba leventemente tu barbilla, jugando con esos pelos revoltosos que seguían sin afeitar, un placer sin igual que este demente fetichista capilar gozaba a montones.

Jugaba con tu pierna, y tú con las mías, rozando cada centímetro de piel, cada pelo del montón, llegando a efectuar una serie de cosquillas que recorrían todo mi cuerpo y me hacían reír levemente a ratos. Partí con mi mano izquierda recorriendo tu torso, tus costillas, tu cintura finalmente, y sólo te miraba, buscando imperfecciones, preguntándome cómo alguien tan mino como tú querría meterse con alguien como yo. No le encontraba nada, esas ventanas me dejaban claro que aquello era real, que él me quería, y yo a él. Era así… ¿Era?

Me agarraste fuertemente el pene con tu mano derecha y no pude hacer nada al respecto, habías hecho una jugada muy sucia, actuando rápido y sin pudor. “Hueón…” No atinaba a más. Una dulce y leve caricia por mi zona erógena hicieron que me excitara a más no poder, y entonces, sexo salvaje.

No recordaba lo rico que era juntarme contigo. Desde el lapso de mi salida de la Universidad, entre mi depresión, tu enfermedad y tu operación había perdido el hilo temporal y claramente ese cosquilleo por la columna se me había olvidado. Futbolero, car-lover, amiguero, respetuoso, bueno en la cama, extrovertido, rico. Lo eras definitivamente, todo lo opuesto a mí en mis manos, mi pareja perfecta, el hombre que amo y al que esperaba hace tiempo.

“Te quiero, hueón”.

Me quedé pasmado. Nunca había oído a ninguno de los tipos con los que había estado decir aquello. Y tú, el amante del alcohol y del carrete, vociferando eso a mi oído, después de eyacular. Tomé tu rostro, bajé hasta tu mentón y moví toda tu cabeza hasta que tus labios se juntaron con los míos. Esa era mi respuesta definitiva.

Te retiraste graciosamente, yendo a contestar el teléfono, mientras yo esperaba en tu cama, incrédulo. Simplemente parecía toda una película romántica con toques de drama en partes iguales. El guion había salido más que perfecto y siquiera tuve que forzar las prosas y los actos. Te amaba. Eras la guinda de todo pastel y eras  mío.

Al fin regresabas, listo para culminar el pecado original. Me vestiste, tapando mis partes con mis interiores y subiéndome el pantalón mientras me mirabas con esa cara ridícula tuya. Devolvía el gesto comprensivamente, alabando tu gentileza y tu amabilidad, mientras me dabas la mano para pararme del colchón.

Comencé a caminar, yendo directamente hasta el final de tu pieza, mientras tú me agarrabas por detrás y comenzabas a besar mi cuello. Me quedé ahí mismo, tocando tu pierna con mi mano derecha, mientras que la izquierda se alzaba lentamente hacia tu cabeza, acariciando sutilmente cada fibra capilar en tu cráneo, masajeándolo.

Me tenía que retirar, lo sé, así que dejé de pavonear  y te miré una última vez, tomando tu mano, sonriendo, estaba alegre. Pero al escuchar ese portazo sabía que era el final, hasta quién sabe cuando… Y tener que soportar tanto fue peor, sentir que ese fuego se apagaba, que la cera de la vela cada vez era menos hasta que la mecha se cayera…

¿1 mes sin respuesta? No sería la primera vez. No eras el primer sacohuea que me dejaba tirado sin explicación alguna. De cierta forma, ya estaba acostumbrado que los hombres me dejaran atrás y siguieran con su vida, tomando un fragmento más de mi frágil corazón, despedazando otro poco de mi esperanza, de encontrar el amor en el mundo hostil del que era parte. Ya estaba fraccionado, dolería sólo un poco.

Cuanto más pasaba, eran peores los recuerdos, noches enteras reviviendo ese último encuentro, ese último tacto, las últimas palabras que me pudiste haber dicho. Y era lo que más dolía. ¿Por qué tenían que haber sido justamente ESAS palabras? No podías terminar una relación con un “te quiero” incluso si era una relación falsa inventada por dos testarudos cabezones. No eran solo letras, tenían un significado, uno que mal aprovechado se tornan espinas difíciles de lograr rescatar.

Tenía que aprender que a veces, en las películas románticas, también se sufría. E Irrisoriamente luego de llegar a estar a 3 metros sobre el cielo. No me quedaba nada más por aprender o estigmatizar. Milicos equivalían a problemas, nunca más lo haría. Incluso viendo todos los días, el mismo portón, diferentes guardias, diferentes autos, mi vista siempre se volteaba hacia el quinto piso, buscando tu cara asomarse sólo para gestar un pequeño saludo cordial.

Ya van casi 2. Odiaría pensar que nada de lo que hubiéramos experimentado hubiese sido real. Pero mantengo esas escenas, esas fotografías mentales tan vívidamente cargadas que serás siempre El Vecino, aquél hombre al que llegué a amar, y no sólo a querer. Al cuál le preví con empatía, consejos y gustos. Aquél hombre que supo darme consuelo después de una batalla perdida. Aquél hombre que supo ganarme mi respeto y mi confianza, aun luego de la mierda acontecida.

Te quise

Te quiero

Te querré.

J.I.H.R.

El Vecino.



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