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sábado, 28 de mayo de 2016

SH I : (I) UN PEQUEÑO DESCANSO

SUPERHÉROES I: EL MISTERIO DE SOL NEGRO

UNO.UN PEQUEÑO DESCANSO

     Era una cálida mañana de Domingo. No había clases. No había tareas. No había por qué levantarse temprano. Eran las once y aún seguía acostado en su pieza. Perezoso, friolento, cualquier excusa servía para no poner un pie en el suelo. Prefería que le sirvieran el desayuno en la cama. Como solían hacerlo para su cumpleaños.

     –¿Aeleo? ¿Aeleo, estás despierto? –la voz de una mujer resonaba por toda la pieza. Pero el chico la ignoraba. –¡Aeleo, despierta en este mismo instante! ¡Necesito que me acompañes al mercado!

     –¡Agh! ¡Odio que hagas eso! ¡Déjame dormir mamá! –el muchacho, molesto por tener que abrir los ojos sin haber descansado completamente refunfuñaba dentro de sí mismo.      

     –¡Por favor, déjame dormir!

     –¡No lo repetiré! ¡Te quiero abajo en quince minutos!

     –Rayos…

     Aeleo lentamente se destapó y con la mano derecha tomó el reloj para ver la hora. Su expresión de disgusto se hizo aún mayor. Eran las 9 am y ya se encontraba activo. Se vistió con lo primero que encontró en el closet. No estaba de humor para elegir cuidadosamente la vestimenta que usaría a lo largo del último día de vacaciones. Ya con la polera roja de su último cumpleaños y sus pantalones beige favoritos bajó a desayunar. El rico olor a tostadas con mermelada de durazno se olía a distancia. Era uno de sus bocadillos predilectos. Por lo menos le tendrían un regalito por levantarlo tan temprano.

     –Mamá. ¿Papá llegará temprano hoy? –desde luego nadie lo sabía. El padre de Aeleo era un científico brillante. Muchos de los días no llegaba a verlo. El saber siquiera que pasaría a visitarlo incluso un par de minutos lo alegraba.

     –No sé corazón. Ya sabes cómo es su trabajo. Va y viene cuando puede.

     Tocaron la puerta levemente. Aeleo como siempre fue para ver quien molestaba tan temprano. Al abrir, su reacción fue evidentemente de sorpresa. El señor Pryse vestía una elegante bata blanca como la nieve pura. Sus anteojos azul marino lo hacían resaltar aún más. Abrazó a su hijo como si nunca lo hubiera visto. Era obvio que ambos se amaban mutuamente.

     –¡Uf! Ya no hallaba la hora de salir de ese horrible trabajo.

     –¿Te quedarás para el almuerzo? –Sonaba como si nunca hubieran pasado tiempo juntos.

     –Pero por supuesto. Sé que es tu último día de vacaciones. Así que decidí tomarme el día libre. ¿Te gustó la sorpresa? –regalos como esos pasan muy pocas veces. Y Aeleo estaba muy agradecido.

     Terminado el desayuno alegre de la familia, Aeleo fue a ponerse zapatos y a buscar algún polerón. Ya abajo, la camioneta estaba encendida y lista para partir. Al bajar de la escalera el chico notó que algo parecido a una sombra pasaba por detrás de la ventana del patio. Antes de salir de su hogar fue a revisar por si acaso. Nada. La piscina seguía igual. Las sillas y la mesa seguían también ahí. El techo de nylon impecable. Sin nada fuera de lo común el muchacho salió de la casa. Se subió en los asientos traseros y la familia partió.

     Decidieron ir a Millenia Center, un espacio recreativo y de compras, donde había algo para todos los gustos. Aeleo se bajó muy emocionado. Admiraba la plaza central como si fuera “El País de las Maravillas”. Su padre lo detuvo un momento y le bajó los humos.

     –Debes comportarte. No puedes perder los ojos sólo porque no venimos hace un buen tiempo. –El tono parecía estricto.

     –Sí, sí. Lo sé. Es sólo que sabes lo mucho que me encanta este lugar. –Miró a su padre con cara de perro regañado.

     –Está bien amor, déjalo que se divierta un poco. Es su último día de libertad. –La mirada sonriente sarcástica le había dejado un dejo de incredulidad. 

     Recorrieron el primer piso juntos. Aeleo sólo se enfocaba en su pasión, los juegos de video. El lugar estaba casi repleto. Lleno de familias que quizás como él pasaban sus últimos momentos unidos antes de que empezara la escuela y el trabajo.

     Mientras la madre admiraba unos vestidos en un aparador cercano, el señor Pryse se acercó un momento a su único hijo.

     –Aeleo, ven un poco. –Como cual cachorro obediente, el chiquillo desvió su mirada un segundo para dirigirse a su padre.

     –¿Qué sucede?

     –No quería hacer esto hasta tu cumpleaños pero. Quizás resulte que no pueda venir. La compañía tiene que trabajar mucho por estos dos meses siguientes. Y, al igual que tú, suelo ser un poco olvidadizo. Así que creo que lo mejor es entregarte esto ahora.

     De su bolsillo izquierdo, un pequeño colgante grisáceo brillaba con los reflectores del mall. Era una joya que llevaba marcada una insignia. El brillante científico con mucho cuidado le puso el collar en el cuello de su primogénito.

     –Esto es de familia. Me perteneció en mi época de juventud, por parte de tu abuelo. Creo que ha llegado el momento de pasarlo. Estás a punto de cumplir 14, es una gran edad hijo. –el muchacho sentía los ojos de su padre brillar. Sabía que aquel objeto era de suma importancia para él.

     –Gracias, padre. Te prometo que lo cuidaré.

     –Sé que lo harás. –dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

     Cuando habían terminado la pequeña plática, la señora Anne estaba esperándolos a ambos. Con mucha educación pidió un vestido verde con lentejuelas en su extremo inferior. ­­Coincidencia que el aniversario de matrimonio de la pareja era una semana antes que el cumpleaños de su hijo. Con la pequeña satisfacción de haber obtenido una prenda ya cumplida Aeleo sugirió ir a comer; después de todo ya era hora de almorzar.

     En el tercer piso el señor Pryse les dio dinero a todos para elegir lo que quisieran. Su esposa había ido a un local de comida francesa, mientras que el pre adolescente había optado por una pizza individual.

     Se sentaron a la mitad del patio de comidas, delante de un gigantesco reloj que mostraba la hora de varios países, entre ellos, en el que residían. La mayoría de las personas presentes ahí eran parejas con sus hijos, como todos los años. El último domingo de Marzo era el día que todos aprovechaban para salir juntos. Era allí donde las vacaciones de la escuela, la universidad y el trabajo acababan.

     Al acabar, Aeleo fue a comprarse un helado con el vuelto de la comida. Era ya tiempo de irse. Su padre le preguntó a donde quería ir ahora. El chico contestó que quería pasear en la playa. Nadie se negó.

     Antes de llegar al ascensor para bajar al primer piso, la familia fue interceptada por tres sujetos. Uno era alto, de piel negra y contextura gruesa. El segundo a su izquierda Era también alto, de tez blanca y pelo amarillento. El tercer integrante, una mujer, era más chica que ellos, de pelo fucsia y uñas negras, de tez bronceada. Lo curioso era que el trío usaba esmoquin y gafas oscuras.

     –Señor Gantz. ¿No es así? –el tipo negro había abierto la boca.

     –Sí, así es. ¿Se le ofrece algo? –el tono que ambos ocupaban indicaba que no era grato para ninguno de los dos.     

     –Verá. Pertenezco a cierta compañía. Y pues, mi jefe ha quedado encantado con sus habilidades. –sonaba más a una orden que una propuesta.

     –¿Quiere que trabaje para él? ¿Es eso lo que me quiere decir? –El señor Pryse comenzaba a fruñir el ceño levemente.

     –Precisamente. –el aura del sujeto no era muy amistosa para nada.

     –Pues, puede decirle que me quedo donde estoy y que gracias por la oferta pero me veo en la situación de rechazarla.

     –¿Está seguro? –con un paso hacia adelante, la orden tipo propuesta parecía más amenazadora.

     –¿Está intentando amedrentarme? –Aeleo nunca había visto a su padre molestarse. Era quizás la primera vez. –Estoy disfrutando de una salida con mi señora y mi hijo. Ahora, si me disculpa, tengo que tomar un ascensor.

     Al abrirse la puerta todos entraron inmediatamente al elevador. Había sido una situación rara y molesta. A través del vidrio del artefacto veían como el corpulento miembro de los agentes los seguía observando mientras bajaban hasta que se perdieron de vista. Los ojos de Aeleo se posaron sobre los lentes de la chica de pelo fucsia. Parecía que podía verlos muy definidamente.

     –Si es así como lo quiere. Así será pues.

     Al subirse al auto, el señor Pryse les dirigió la palabra al resto de los miembros familiares.

     –Es mejor que vayamos a casa. No quisiera encontrarme con esos tipos de nuevo. Aeleo, lo siento pero otro día iremos a la playa. Sólo tú y yo. ¿Te parece?

     –De acuerdo.

     El chico había puesto su cara de molestia. Obviamente no le agradaba la idea de terminar el paseo familiar de esa forma tan abrupta. Cruzó los brazos y veía como su padre sacaba la camioneta para llevarlos a todos de vuelta a la casa.

     En la puerta de la residencia Gantz una chica se encontraba esperando; Aeleo la había reconocido de inmediato. Era Nidia, compañera de colegio y amiga del chico.

     –¡Nidia! Que sorpresa. ¿Qué haces aquí?

     –¿Que ya se te olvidó? Se acerca mi cumpleaños. Ya perdí la cuenta de cuantas veces te lo he dicho ya, no puedo creer que no lo recuerdes. –la muchacha parecía algo molesta.

     –Eh, bueno, ahora que lo recordé… ¿Qué quieres?

     –Sí, claro. Mañana en clases me ayudarás a repartir los volantes.

     –¿Para eso viniste hasta aquí? ¿Qué no podrías haber esperado hasta mañana?

     –Para que te vayas preparando. Mañana, siete y media am. Ni un minuto tarde.

     Dicho esto, la chica se marchó con unas furiosas zancadas dejando al pobre Aeleo un tanto extrañado y dubitativo.

     –Odio cuando se pone así.

     Desde el interior de la casa lo llamaban. Si no podían ir a la playa por lo menos pasarían toda la tarde juntos, como la feliz familia que eran.

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