SUPERHÉROES I: EL MISTERIO DE SOL NEGRO
UNO.UN
PEQUEÑO DESCANSO
Era una cálida
mañana de Domingo. No había clases. No había tareas. No había por qué
levantarse temprano. Eran las once y aún seguía acostado en su pieza. Perezoso,
friolento, cualquier excusa servía para no poner un pie en el suelo. Prefería
que le sirvieran el desayuno en la cama. Como solían hacerlo para su cumpleaños.
–¿Aeleo? ¿Aeleo,
estás despierto? –la voz de una mujer resonaba por toda la pieza. Pero el chico
la ignoraba. –¡Aeleo, despierta en este mismo instante! ¡Necesito que me
acompañes al mercado!
–¡Agh! ¡Odio que
hagas eso! ¡Déjame dormir mamá! –el muchacho, molesto por tener que abrir los
ojos sin haber descansado completamente refunfuñaba dentro de sí mismo.
–¡Por favor,
déjame dormir!
–¡No lo repetiré!
¡Te quiero abajo en quince minutos!
–Rayos…
Aeleo lentamente
se destapó y con la mano derecha tomó el reloj para ver la hora. Su expresión
de disgusto se hizo aún mayor. Eran las 9 am y ya se encontraba activo. Se
vistió con lo primero que encontró en el closet. No estaba de humor para elegir
cuidadosamente la vestimenta que usaría a lo largo del último día de
vacaciones. Ya con la polera roja de su último cumpleaños y sus pantalones beige
favoritos bajó a desayunar. El rico olor a tostadas con mermelada de durazno se
olía a distancia. Era uno de sus bocadillos predilectos. Por lo menos le
tendrían un regalito por levantarlo tan temprano.
–Mamá. ¿Papá
llegará temprano hoy? –desde luego nadie lo sabía. El padre de Aeleo era un
científico brillante. Muchos de los días no llegaba a verlo. El saber siquiera
que pasaría a visitarlo incluso un par de minutos lo alegraba.
–No sé corazón. Ya
sabes cómo es su trabajo. Va y viene cuando puede.
Tocaron la puerta
levemente. Aeleo como siempre fue para ver quien molestaba tan temprano. Al
abrir, su reacción fue evidentemente de sorpresa. El señor Pryse vestía una
elegante bata blanca como la nieve pura. Sus anteojos azul marino lo hacían
resaltar aún más. Abrazó a su hijo como si nunca lo hubiera visto. Era obvio
que ambos se amaban mutuamente.
–¡Uf! Ya no
hallaba la hora de salir de ese horrible trabajo.
–¿Te quedarás para
el almuerzo? –Sonaba como si nunca hubieran pasado tiempo juntos.
–Pero por
supuesto. Sé que es tu último día de vacaciones. Así que decidí tomarme el día
libre. ¿Te gustó la sorpresa? –regalos como esos pasan muy pocas veces. Y Aeleo
estaba muy agradecido.
Terminado el
desayuno alegre de la familia, Aeleo fue a ponerse zapatos y a buscar algún
polerón. Ya abajo, la camioneta estaba encendida y lista para partir. Al bajar
de la escalera el chico notó que algo parecido a una sombra pasaba por detrás
de la ventana del patio. Antes de salir de su hogar fue a revisar por si acaso.
Nada. La piscina seguía igual. Las sillas y la mesa seguían también ahí. El
techo de nylon impecable. Sin nada fuera de lo común el muchacho salió de la
casa. Se subió en los asientos traseros y la familia partió.
Decidieron ir a Millenia Center, un espacio
recreativo y de compras, donde había algo para todos los gustos. Aeleo se bajó
muy emocionado. Admiraba la plaza central como si fuera “El País de las
Maravillas”. Su padre lo detuvo un momento y le bajó los humos.
–Debes comportarte.
No puedes perder los ojos sólo porque no venimos hace un buen tiempo. –El tono
parecía estricto.
–Sí, sí. Lo sé. Es
sólo que sabes lo mucho que me encanta este lugar. –Miró a su padre con cara de
perro regañado.
–Está bien amor,
déjalo que se divierta un poco. Es su último día de libertad. –La mirada
sonriente sarcástica le había dejado un dejo de incredulidad.
Recorrieron el primer piso juntos. Aeleo sólo
se enfocaba en su pasión, los juegos de video. El lugar estaba casi repleto.
Lleno de familias que quizás como él pasaban sus últimos momentos unidos antes
de que empezara la escuela y el trabajo.
Mientras la madre admiraba unos vestidos en
un aparador cercano, el señor Pryse se acercó un momento a su único hijo.
–Aeleo, ven un
poco. –Como cual cachorro obediente, el chiquillo desvió su mirada un segundo
para dirigirse a su padre.
–¿Qué sucede?
–No quería hacer
esto hasta tu cumpleaños pero. Quizás resulte que no pueda venir. La compañía
tiene que trabajar mucho por estos dos meses siguientes. Y, al igual que tú,
suelo ser un poco olvidadizo. Así que creo que lo mejor es entregarte esto
ahora.
De su bolsillo izquierdo, un pequeño colgante
grisáceo brillaba con los reflectores del mall. Era una joya que llevaba
marcada una insignia. El brillante científico con mucho cuidado le puso el
collar en el cuello de su primogénito.
–Esto es de
familia. Me perteneció en mi época de juventud, por parte de tu abuelo. Creo
que ha llegado el momento de pasarlo. Estás a punto de cumplir 14, es una gran
edad hijo. –el muchacho sentía los ojos de su padre brillar. Sabía que aquel
objeto era de suma importancia para él.
–Gracias, padre.
Te prometo que lo cuidaré.
–Sé que lo harás.
–dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando habían terminado la pequeña plática,
la señora Anne estaba esperándolos a ambos. Con mucha educación pidió un
vestido verde con lentejuelas en su extremo inferior. Coincidencia que el
aniversario de matrimonio de la pareja era una semana antes que el cumpleaños
de su hijo. Con la pequeña satisfacción de haber obtenido una prenda ya
cumplida Aeleo sugirió ir a comer; después de todo ya era hora de almorzar.
En el tercer piso el señor Pryse les dio
dinero a todos para elegir lo que quisieran. Su esposa había ido a un local de
comida francesa, mientras que el pre adolescente había optado por una pizza
individual.
Se sentaron a la mitad del patio de comidas, delante
de un gigantesco reloj que mostraba la hora de varios países, entre ellos, en el
que residían. La mayoría de las personas presentes ahí eran parejas con sus
hijos, como todos los años. El último domingo de Marzo era el día que todos
aprovechaban para salir juntos. Era allí donde las vacaciones de la escuela, la
universidad y el trabajo acababan.
Al acabar, Aeleo fue a comprarse un helado
con el vuelto de la comida. Era ya tiempo de irse. Su padre le preguntó a donde
quería ir ahora. El chico contestó que quería pasear en la playa. Nadie se
negó.
Antes de llegar al ascensor para bajar al
primer piso, la familia fue interceptada por tres sujetos. Uno era alto, de
piel negra y contextura gruesa. El segundo a su izquierda Era también alto, de
tez blanca y pelo amarillento. El tercer integrante, una mujer, era más chica que
ellos, de pelo fucsia y uñas negras, de tez bronceada. Lo curioso era que el
trío usaba esmoquin y gafas oscuras.
–Señor Gantz. ¿No
es así? –el tipo negro había abierto la boca.
–Sí, así es. ¿Se
le ofrece algo? –el tono que ambos ocupaban indicaba que no era grato para
ninguno de los dos.
–Verá. Pertenezco
a cierta compañía. Y pues, mi jefe ha quedado encantado con sus habilidades.
–sonaba más a una orden que una propuesta.
–¿Quiere que
trabaje para él? ¿Es eso lo que me quiere decir? –El señor Pryse comenzaba a
fruñir el ceño levemente.
–Precisamente. –el
aura del sujeto no era muy amistosa para nada.
–Pues, puede
decirle que me quedo donde estoy y que gracias por la oferta pero me veo en la
situación de rechazarla.
–¿Está seguro? –con
un paso hacia adelante, la orden tipo propuesta parecía más amenazadora.
–¿Está intentando amedrentarme?
–Aeleo nunca había visto a su padre molestarse. Era quizás la primera vez.
–Estoy disfrutando de una salida con mi señora y mi hijo. Ahora, si me
disculpa, tengo que tomar un ascensor.
Al abrirse la puerta todos entraron
inmediatamente al elevador. Había sido una situación rara y molesta. A través
del vidrio del artefacto veían como el corpulento miembro de los agentes los
seguía observando mientras bajaban hasta que se perdieron de vista. Los ojos de
Aeleo se posaron sobre los lentes de la chica de pelo fucsia. Parecía que podía
verlos muy definidamente.
–Si es así como lo
quiere. Así será pues.
Al subirse al auto, el señor Pryse les
dirigió la palabra al resto de los miembros familiares.
–Es mejor que
vayamos a casa. No quisiera encontrarme con esos tipos de nuevo. Aeleo, lo
siento pero otro día iremos a la playa. Sólo tú y yo. ¿Te parece?
–De acuerdo.
El chico había puesto su cara de molestia.
Obviamente no le agradaba la idea de terminar el paseo familiar de esa forma
tan abrupta. Cruzó los brazos y veía como su padre sacaba la camioneta para
llevarlos a todos de vuelta a la casa.
En la puerta de la residencia Gantz una chica
se encontraba esperando; Aeleo la había reconocido de inmediato. Era Nidia,
compañera de colegio y amiga del chico.
–¡Nidia! Que
sorpresa. ¿Qué haces aquí?
–¿Que ya se te
olvidó? Se acerca mi cumpleaños. Ya perdí la cuenta de cuantas veces te lo he
dicho ya, no puedo creer que no lo recuerdes. –la muchacha parecía algo
molesta.
–Eh, bueno, ahora
que lo recordé… ¿Qué quieres?
–Sí, claro. Mañana
en clases me ayudarás a repartir los volantes.
–¿Para eso viniste
hasta aquí? ¿Qué no podrías haber esperado hasta mañana?
–Para que te vayas
preparando. Mañana, siete y media am. Ni un minuto tarde.
Dicho esto, la chica se marchó con unas
furiosas zancadas dejando al pobre Aeleo un tanto extrañado y dubitativo.
–Odio cuando se pone así.
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