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domingo, 18 de marzo de 2012

El Vecino Pt. II


Fin de las clases, inicio de vacaciones, relajo, fiesta, salidas, viajes, destrucción, éxtasis. Me conectaba todos los días, siempre a la misma hora, esperando divisar el Nick del hombre que me había hecho pasar una tarde espectacular. Con un erotismo bastante diferente, utilizando sólo el lenguaje corporal y el verbal. Cuando lo veía, hablábamos de lo random, de lo cotidiano, de alguna forma esperaba que él hiciera el primer movimiento. Era bastante paciente después de todo, no me hacía ningún tipo de problema.

Tras pasar algunos días encerrado en mi departamento, las ansias y las ganas aumentaban, volviéndome loco. Tras terminar mi pololeo esos salvajes deseos sexuales hacia mi vecino aumentaban más y más. No sabía dónde vivía exactamente, podía ir a buscarlo, dejarme caer inesperadamente, darle una sorpresa, dejarlo loco, deseándome, entregándose. Esas eran mis intenciones. Las ganas de volver a la senda en la que estaba antes se apoderaba, de a poco, resurgiendo desde mis entrañas, como un enemigo inmortal, hermoso, pero mortal.

Luego de esperar día tras día, mensaje tras mensaje sin ningún indicio de una salida próxima, me atreví yo mismo a preguntar por su disponibilidad. La verdad, ansiaba verle, pasear de nuevo, sentir el aire, la libertad, y la tensión sexual. Con la U acercándose y con el trabajo, ya poco podía esperar de él, pero no me rendiría. Algún día tendríamos que vernos, y ese día llegaría tarde o temprano. En el entretiempo seguiría satisfaciendo mis necesidades con otras personas. Soltero y caliente, que peor combinación.

En una tarde de viernes, de rutina, sin nada que hacer, ingresé una vez más al sitio favorito de todo hombre, ManHunt. Siempre tenía la visita de él, veía el perfil y me hacía ilusiones, me quebraba solo el corazón. Me inventaba momentos, como el de aquella noche, momentos que de seguro nunca pasarían, o quizás sí, pero el esquivo muchacho seguía jugando conmigo, hablando, tirando la talla, nunca proponiendo algo más.

Cuando se conectó, le pregunté de inmediato cuando saldríamos de nuevo. “Cuando hubiera tiempo”. Ciertamente me decepcionaba. Quizás no estaba interesado en mí, quizás no le gustaba. Nunca fui algo más que un paseo. Ciertamente a nadie le hubiera gustado haber recibido ese tipo de comentarios. Herían, clavaban silenciosamente agujas por montón dentro del músculo palpitante, lo hacían sangrar, llorar lágrimas rojas. Mataban la pasión.

A modo de broma, le seguía la corriente, molestándolo, llamándole por nombres, jugando con él. Inesperadamente inocentemente me había pedido que fuera a su casa en el momento para que me pudiera hacer un “Wena Naty”. Gustoso de la idea le seguí el juego, aunque a modo de burla. Indicando que por mí, no había problemas, es más, que si quería algo más, podríamos llegar a algo más. La sola idea de tener sexo con él, rozarle la piel, hasta el más mínimo detalle me excitaba de sobremanera. Le pedí la dirección exacta, torre, departamento, nombre. Todo para alistarme y partir sin esperar una segunda opinión por parte de mi cerebro, que en ese momento estaba siendo manipulado por las hormonas, salvajes y adolescentes hormonas que sólo buscaban el placer explícito y físico.

Aún no me bañaba, pero no creí que importara, me lavé el cuerpo, de forma rápida, poniendo especial atención en mis axilas, no quería cagar el ambiente que estaba próximo a realizarse. Observé detalladamente mi ropero. ¿Una polera? Muy común ¿Una camisa? Sí, que fuera una light, una para poder ocupar en la calle pero que se notara que se trataba de un momento especial, íntimo entre dos personas. Realicé lo mismo a la hora de elegir un short adecuado, no podía ser de calle, pero tampoco podía ser uno especial, no era una fiesta, pero tampoco se trataba de una ocasión común. Tenía que trajinar con el mejor aspecto posible sin aires de superioridad. Lo siguiente, especia, un perfume seductor, mi banano atado a mi cintura, y los lentes.

Observé a mi alrededor, mi mamá ya se había ido al trabajo, mi hermana seguía descansando, y mi padre yacía aún en los brazos de Morfeo, profundamente. Caminé en puntillas, asegurándome de no realizar ningún tipo de sonido, la puerta era mi final boss. Agraciado en el arte de la infiltración, deslicé delicadamente las yemas de mis dedos índice y medio, navegando por todo el cachureo que se encontraba en el bolsillo inferior de mi banano, buscando con ansias las llaves del recinto. Al hacer contacto sentí felicidad y relajo. Abrí con mucha sutileza la puerta que daba al pasillo principal e introduje la llave, girándola, abriendo el mecanismo de apertura, para luego cerrar despacio y volver la chapa a su posición original, todo un trabajo de experticie.

Me abrí paso por el pasillo, caminando a un ritmo un poco acelerado. Ya en la espera del ascensor los nervios brillaban por su asistencia, las manos me temblaban y sudaban. Mi corazón volvía a aumentar su ritmo. Al llegar ese paralelepípedo metálico, entré y apreté, de forma automática, el piso número 1. Estaba deseoso de esta vez, llegar a más. Sería una de mis metas. Aunque fuese sólo un beso. Con eso me bastaba, con eso sabría que si valía algo más que un simple paseo en coche. Al fin llegaba a tierra firme. Todos los sucesos parecían ir demasiado lento. Parecía que mis pasos, normalmente anchos y largos se hacían cortos y no avanzaba más allá que nos cuantos centímetros.

Tras pasar la reja principal del condominio y divisar aquél en el que mi caliente vecino vivía me hizo temblar, una gratificante sonrisa se dibujó sola, sin esforzar ninguno de los músculos que se necesitaba para realizar dicha acción. Bajaba por la acera, me encontraba con el primer letrero, “Playa Oriente”. No, no era ese, seguía en la búsqueda del condominio correcto. Seguí descendiendo por la misma acera. La segunda entrada se acercaba. “Playa Norte”. Sí, había logrado llegar, ahora sólo debía ubicar la torre y el departamento que me había dicho Julio. Amablemente le pregunté al guardia de turno por indicaciones. Al terminar agradecí y me dirigí al edificio señalado.

Era mi primera vez en ese condominio. No sabía por dónde ir. No había ninguna señalización ni ninguna persona a quién preguntar tampoco. Por un momento me sentí perdido, extraviado. Seguí el camino que había elegido, me encontraba rodeado de autos. No veía ese Alfa Romeo que me había quedado gustando. Por ningún lado. A mitad del edificio podía observar una reja metálica, nervioso me acerqué, no sabía si sería la entrada correcta. Al acercarme un poco más noté que llevaba tanto a los pisos inferiores como los superiores. Entré, subí por las escaleras que allí habían, buscando el piso y el departamento que se suponía debía dirigirme. La puerta indicada, indicando que estaba en el lugar correcto. Entré en el pasillo y miré a ambos lados. ¿Dónde estaba ahora trabajando mi vecino? Al llegar toqué el timbre, las ansias se dejaban caer una vez más.

Un Julio bastante presentable salió a recibirme, vestía una polera gris, simple. Y unos jeans, como cualquier joven de su edad ocuparía. Se encontraba en el notebook, realizando una presentación powerpoint sobre los inicios del dibujo técnico. Me traía bastantes recuerdos, del 2008 para ser preciso, año en que en el ramo de Introducción a la Ingeniería este alumno ya de quinto realizaba lo mismo sobre los inventos en la edad de piedra. Nada que envidiarle.

El lugar, adornado por diferentes objetos, incluidos los sillones, algunos equipos, muebles, teles y medallas militares, hacían juego con el color del apartamento. Volviendo el lugar en un lugar de relajo. No pude sino meterle conversación, comenzar preguntando sobre su carrera, su horario, la pega. A las 17:45 se marcharía, aún tenía 50 minutos de sobra para entrar en acción, pero era demasiado temprano. Quería seguir siendo el chico piola. Que sólo encontraba atractivo al estudiante de Mecánica Industrial, primer año. Y que no le importaba ayudar con un tonto ppt. Se le veía tenso, un poco nervioso, tenía disertación en unas horas más y llevaba la mitad hecho. Me recordaba un poco a mí mismo en mis inicios. Me paré y me coloqué detrás de él posicionando mis manos en su espalda y masajeándolo, no pude evitar bromear al respecto. Llevé mis manos un poco más abajo, tratando de aligerarle ese peso. Por una parte quería darle a entender que sí quería que pasara algo más allá, por otra, que me preocupaba.

Seguimos tonteando, yo sólo observaba y preguntaba por el trabajo, cuanto había demorado en tener eso, como hacía para compatibilizar el trabajo que tenía y las clases por la noche, además de los carretes que de seguro tendría. Cuando eran las 17:30 sabía que era el momento exacto, si quería hacer algo con mi vecino debía actuar ya. Guardó su notebook y partió a su pieza, me preguntó si quería un masaje. No era tan hueón. Sabía exactamente que significaban esas palabras. Sonreí maliciosamente. El momento de la verdad llegaba, el momento en que probaría esos labios, esa piel, le sacaría lentamente, en forma sensual, esa polera y ambos gozaríamos de un infinito e insaciable sabor sexual. Me acerqué lentamente a su pieza, la única puerta a la izquierda. Mientras él corría las cortinas yo admiraba la cama, blanca pura, bastante elegante, me tiré, quedando acostado boca abajo, diciendo que estaba listo. Podría hacerme lo que quisiese.

Me recosté, dejando mi cuerpo adormecerse y mis brazos caer. El suave colchón amortiguaba todo mi peso, haciéndome sentir como si estuviera posado sobre una nube. La nube de un rico amante de autos. Pronto se dejaron sentir esas manos, esas manos varoniles que recorrían mi espalda, desde la base del cuello hasta la punta, empezando ya lo que era mi cola. Sus suaves extremidades también rozaban mi polera, inventando formas de masajes, lo hacía bien. Estaba por quedarme dormido, la asfixia por verle otra vez ya se había ido, ahora sólo quedaba una gigantesca satisfacción, por poder tocarlo, verlo, hablarle, imaginar cosas, cosas que quería que pasaran.

Cuando terminó le agradecí, aún en mi estado en semi éxtasis. Girando la cabeza para verle y levantándome un poco para sonreírle. Se sentó en la cama, pronunciaba que era su turno esta vez. Me acerqué a él, entendí mi mano a través del espacio que nos separaba le agarré la polera y lo tiré hacia mí, uniendo sus labios con los míos, besándolo intensamente, como si mi amante se tratara, él no sé dejó resistir, se entregó al instante, indicándome que también lo quería. ¿Más que yo? ¿Menos? Nadie lo sabía pero el sólo hecho de tirarse encima de mí me excitó aún más, haciéndome colocar mi mano derecha en su cadera izquierda, levantándole levemente la polera que traía puesta.

Las caricias comenzaron a dejarse aparecer. Ya no nos importaba nada. Era el aquí y el ahora, ambos no teníamos acción hace un par de meses y ambos éramos hombres ardientes, deseosos de contacto humano, contacto físico, mezcla de sudor y pasión. Comencé a robarle el aliento, a dejarlo cansado, pero no paraba de gozar, ambos lo hacíamos, revolviendo nuestras lenguas en el interior de la boca del otro. No podía parar, quería ir a por más, pero sabía que esta vez no sería. Comencé a bajar un poco la cabeza llegando a su estómago, levantando un poco su polera. Ese abdomen típico de varios chilenos, con el clásico vello adornado formando el llamado “Camino a la felicidad”.

Comencé a besar cada parte de su cuerpo, cada trozo de él. Subiendo por el torso y removiendo más la polera del cuerpo, hasta llegar a su tetilla, la cual lamí por todos lados, al tiempo que mi mano izquierda recorría su pecho, palpando su pectoral, y el vello del cual gozaba. Era como recorrer pastizales verdes, deliciosos, jóvenes. Poseía un cuerpo, privilegiado, si bien no tenía los abdominales marcados o una gran musculatura, tenía todo bien formado, poseía un cuerpo adulto, deseable.

Nuestros deseos por más frenesí no se hacían esperar, rozando los pantalones de ambos seguíamos comiéndonos mutuamente. Intercambiando saliva al interior de nuestras bocas, uniéndonos en un abismo de lujuria y pecado. Paraba algunos segundos sólo para recobrar el aliento y seguir en mi misión de disfrutar de mi vecino, por primera vez. Ya tenía mi miembro viril bastante erecto, y con cada tocación espontánea aumentaba ese fervor por llegar a la base número 4. En un acto inesperado me dio vuelta, quedando yo esta vez con la espalda en el cubrecama.

El muchacho comenzó a bajar por mi torso, palpándome, de apoco, pasando su lengua por cada zona de piel que sus ojos encontraban, bajando por mi dorso derecho, creando escalofríos orgásmicos, algo que  ningún hombre anteriormente me había hecho sentir. Era impresionante el manejo que tenía sobre la fisiología humana, o era simplemente experiencia. Muchas veces deseaba parar debido a ese cosquilleo intenso que me recorría por toda la piel. Era sin duda un hombre que sabía de sexo, a pesar de llevar la dura vida que le había tocado vivir.

Cuando pensé que nada podía ser mejor, bajo un poco más por mi ombligo, hasta llegar a la base de mi pene, desabrochándome el pantalón, revelando mi amigo infaltable, el alma de las fiesta, con una maestría casi tanto como con la lengua, puso sus labios en mi glande, haciéndome retorcer de placer, placer intenso, que muy pocas me han dado. Comenzó a bajar, tragando entero el miembro, haciendo que el placer se volviera euforia, me encontraba en el paraíso. Jugando con su mano izquierda y su boca por todo lo que podía engullirse, mientras que con la derecha palpaba mi torso, jugaba con él. Todo ese intenso acto sexual oral me hacía gritar. Muchas veces tuve que ponerme un cojín en la cara para amortiguar el sonido, ya que algunos vecinos podían escuchar y eso dejaría a mi vecino muy mal parado.

Estuvo mamando mi miembro durante aproximadamente 12 minutos. 12 exquisitos minutos que casi me hicieron acabarle en pleno rostro, parte de mí lo anhelaba, pero no pudo ser. Se acercaba la hora de irse a la U, por ser buena persona no podía dañarle de esa manera. Al terminar, su rostro denotaba cansancio, con los ojos rojos, la piel roja y el pecho sudado entero. Había quedado impactado con toda esa energía invertida en un solo acto. Le tomé la cabeza y lo besé tiernamente, mordiendo su labio inferior en algunas ocasiones, acariciando su mejilla, viéndole a los ojos. Había sido un momento bastante peculiar.

Ahora debía irse a duchar, no podía llegar todo sopeado a su lugar de estudio. Rápidamente se desvistió, quedando sólo en boxers. No pude evitarlo sonreír pícaramente, levantarme de la cama, agarrarlo de las caderas y volverle a besar otro poco. Apurándole, sino, llegaría atrasado y no quería eso. Antes de mandarlo a la ducha le dije que por ser tan bueno, se había ganado un premio, quiso cobrarlo de inmediato, entregándome en mis manos un disco duro y su respectivo cable. Otro día lo revisaría. Al comenzar el sonido de la ducha repasé, uno a uno todo lo que recién había sucedido. Es que simplemente no me lo creía, había quedado en el cielo, o más allá. Julio era alguien con quien definitivamente quería tener sexo, costara lo que costara.

Al terminar su ducha, entró como si nada en su pieza, desnudo, no podía evitar mirarlo por completo. Pero debía ser caballero, le hablaba, le miraba a la cara como el ser educado que era. Se vistió con ropas mejor que con las que lo había encontrado, con un perfume bastante cítrico, rico para mi gusto, recargaba mi apetito sexual. Cambiamos de escenario y volvimos al living. Cogió el notebook que había dejado guardado en el bolso y las llaves de su auto. No pude evitar reparar de nuevo en aquellas medallas. Quizás su padre fuese un gran hombre, pero era un idiota al ser como era con su hijo. Salimos del departamento y tomamos al ascensor. Aún no estaba satisfecho, cuando quise agarrarlo una última vez, una pequeña interrumpió, parando el ascensor, destruyendo mi plan. Al volver al primer piso nos despedimos, él debía continuar bajando y yo debía retirarme a mi hogar. Un poco triste dejé el recinto y volví a mi condominio.

Volví a entrar en cuclillas por si los bellos durmientes seguían inmersos en ese estado semi vegetal. Entré en mi pieza y rápidamente me conecté y por un momento me puse a pensar. ¿Sería posible algo serio? No, por supuesto que no. Él me había dejado explícitamente claro que sólo servía para huevear. No tenía madera de pololo, no estaba en él, aún. Con esa breve reseña after masaje. Me puse a pensar una vez más en la inmortalidad del cangrejo, aún quedaba bastante día para mis travesuras. No podía irme tan mal. Si había pasado lo que había pasado de seguro algo le llamaba la atención, mi ego aumentaba. Estaba feliz. ¿Y quién no lo estaría con un masaje de esa calidad? Pronto repetiría el plato. Las segundas veces siempre son mejor.



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