26 de Marzo, despertaba una vez más, listo para la
Universidad, o eso pensaban todos los miembros de mi familia. Como usual en mi
rutina de adolescente estudiante y trabajador, lo primero que hice fue frotarme
los ojos, tratando de desperezar esos sentidos, activarlos, el sol aún no salía
y en algunas horas más, mi vuelo a Santiago llegaría.
Me coloqué mis hawaiianas y partí rumbo a prender el
calefont, el frío del Otoño se dejaba posar en mi piel. Temblando, con mis
manos puestas sobre las perillas del aparato, encendí lo más rápido que pude el
instrumento para calentar el agua, y partir raudo a la ducha, no podía perder
tiempo, de ninguna forma.
Allí, siendo golpeado por las miles de gotas que brotaban de
la ducha-teléfono, examiné uno a uno los detalles del día, dónde iría a
continuación, la hora de embarque, la hora de llegada, la estación de buses,
llamar a mi amigo Petre. Como un proceso lógico secuencial, me repetía a mí
mismo cada una de las órdenes a cumplir, nada podía salir mal. No en esa
crucial fecha.
Tras salir del baño, fresco como lechuga, miré a mi madre y
le saludé. Era algo que inevitablemente todos los días ocurría, ya era aparte
de mi normal funcionamiento. Parte de mi dudaba a veces. ¿Sabría ella mi plan?
¿Conocería, de alguna forma, qué era lo que había planeado? No le daba más
vueltas, si me ponía a vacilar, ella seguramente sospecharía de mi poco usual
comportamiento. Debía ser rápido, escueto, sin demostrar ningún tipo de señales
no verbales que delataran mis intenciones. Pero no podía parar de sonreír.
Al fin, con ropa, salí de mi cuarto para prepararme el
desayuno. En la cocina, mi taza, blanca con diseño de colores otoñales, me
saludaba, limpia. La tomé y le puse como, solía hacer, dos cubos de azúcar,
saborearía esta mañana como si fuera la última del mundo. No estaba tan errado.
Un poco de agua caliente, cortesía del hervidor, y otra poca de agua fría,
cortesía del bidón instalado en el living. Algunas medidas de mi siempre
confiable Nido, y otras del exquisito Milo. Agarré un puñado de cereales
almacenados en la despensa y los dejé caer, graciosamente, hacia la taza,
revolviendo la mezcla a consumir.
Mientras mi madre aún tardaba en vestirse, aproveché la
oportunidad dada, y entre sorbos y sorbos, me preparé tres panes que me
vendrían extremadamente bien más adelante. Debido a mi rápido metabolismo debía
andar comiendo cada media hora, si no, empezaban los dolores. Fui precavido, me
aseguré de hacer todo al unísono, para hacer pensar que toda la comida que
llevaría en mi mochila era nada más que una simple colación universitaria. Estaba
listo, saqué la bebida que había dejado lista y enfriándose la noche anterior y
la coloqué dentro de una bolsa para así conservar un poco el frío que desprendía.
Acto seguido, puesto en mi bolso de viaje.
Revisé por última vez los documentos y aparatos a llevar: mi
billetera, en la cual tenía todas mis tarjetas, incluyendo la Bip! regalada por
mi abuelo materno en el año nuevo; mi celular, amigo indispensable para
coordinar todo lo que debía de coordinar, hacer llamadas amigas y molestar un
poco a distancia; las entradas para el festival, sin ello, simplemente sería un
viaje perdido; elementos varios como la ropa, artículos electrónicos e
instrumentos de distinto uso. Me eché la mochila al hombro y me lavé los
dientes. Tras terminar fui a despedirme, a verle, diciendo un adiós que se dejó
sentir como un “para siempre”. Me retiré del departamento y suavemente cerré
esa puerta de color blanco.
Ahora venía lo emocionante, ya estaba todo listo, nada podía
detenerme, ni siquiera mi padre. Afuera ya era éxito asegurado, nada podía
impedir mi plan calculado desde hacia semanas. Lo siguiente sería recoger mi
maleta en casa de Paloma y despedirme de ella. Le llamé, indicándole que ya
estaba en marcha y me dirigía a su casa. Sorprendentemente, al llegar al llegar
al paradero de buses, allí, en Bulnes, la micro que me servía estaba ahí,
esperando mi triunfal arribo.
Me subí y pagué mi pasaje, busqué un asiento desocupado y me
puse a recordar todo lo que había pasado hasta el momento, como hace seis meses
me había enterado de que se realizaría en Chile, por segunda vez, el festival
de música llamado Lollapalooza. No pude evitar sonreír cuando, dos meses
después de ese anuncio televisivo, con el sueldo de Noviembre pagaba la entrada
para el segundo día, día en el cual podría disfrutar de todo el poder de los
legendarios Foo Fighters. Me estremeció la idea de estar al frente, gritando y saltando
con cada uno de los temas en su repertorio.
Tras 10 eternos minutos, divisaba la casa roja de mi amiga. Golpeé
suavemente la puerta y me dejó pasar. Lars, su gato, seguía igual de molestoso,
intruseando en cuanto rincón ajeno pillase. Mi maleta seguía ahí, inmóvil, tal
y donde la había dejado reposar la última vez que vine con ella. Hablamos un
rato mientras esperaba al transfer. Nos pusimos al día y de un momento a otro,
había llegado mi carruaje. Me despedí con un fuerte abrazo y sacando mi
equipaje para la calle. Al entrar al vehículo pagué y me puse a divagar una vez
más.
Tras el sueldo de Diciembre, navegando en el trabajo, con un
ocio incrementado al mil, revisé la página de Lan, buscando vuelos que satisficieran
mi demanda. Como por arte de magia, o también llamándole un milagro, un vuelo
se adecuaba a mis requerimientos y todo por el mísero precio de alrededor de
cincuenta mil pesos. Ni tonto ni perezoso reservé de inmediato un asiento, ya
lo pagaría al otro día al ir a la universidad. Con un paso más cerca de asistir
al evento musical del año seguí laborando, ignorando mis otros problemas de
momento. Celebraba.
Con Enero ya en su clímax, en su final, me puse a revisar mi
cuenta, viendo cuánta plata quedaba y cuanto costaba la otra entrada que me
faltaba por adquirir. Tras percatarme que no podría aguantar mucho si me
farreaba todo ese dinero, decidí pedir prestado un poco a mi padre, quién
amablemente accedió a colaborarme. Con la segunda entrada al recital en mano,
para el primer día, dejé correr los minutos, las horas y los días, sólo debía
aguantar 26 días sin salir ni comer afuera. Era una tarea difícil, pero mi
fanatismo me ayudaba a sobrellevar tal carga.
Ya en el aeropuerto hice de inmediato el check-in, no quería
dejar nada para última hora y/o atrasarme por no haber realizado tal operación.
Cuando estuve seguro que lo único que faltaba era abordar el avión me senté en
un sillón, propio del lugar, conecté mi notebook y me distraje un poco,
calmando las ansias y la presión de al fin realizar algo que nunca había
logrado hacer, viajar solo, valiéndome por mí mismo en el ámbito monetario y
logístico.
Tras el llamado del counter lo supe, era hora de subir al
vehículo aéreo y despegar hacia mi grandeza. Antes de iniciar el despegue llamé
una vez más a mi Tía Edith, quién me recogería en el lugar para llevarme hasta
el metro más cercano y comenzar mi aventura en solitario; acto seguido, mi
padre me contestaba, y yo, con unos nervios de los mil demonios, me despedía,
diciéndole que le llamaría tras arribar en la capital; y por último, a mi
madre, mi cariñosa y preocupada madre quién, para mi sorpresa, no se sintió ni
reaccionó mal, sino un tanto sorprendida. Tras terminar de ocupar el
dispositivo móvil lo apagué, recostándome en la silla y sonriendo. Victoria.
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