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sábado, 21 de julio de 2012

El Vecino Pt. IV


Era uno de esos días en los que sabes que algo saldrá mal. Yo le llamo un día gris. Ni el caramelo más dulce podía sacarme de ese estado sepulcral. La tormenta interna de  mi corazón se seguía abatiendo ferozmente, revolviendo mis pensamientos y dejándome caer por un abismo que ni siquiera mi cerebro lograba comprender bajo ninguna regla conocida. Dolía, me sentía como si toda la felicidad pendiera de una vela, y súbitamente esa vela se hubiera apagado para siempre.

Tomando drásticas decisiones, opté por dejar de salir, de faltar a clases y reprobar, una vez más, los cursos que ese año había tomado. No me sentía ni con las ganas, ni con la motivación, ni con ningún sentimiento de querer superarme este año, había sido, una vez más, una serie de errores que me había dirigido a otro más de mis equivocaciones.

Triste, opté por también dejar de conectarme al ciber espacio, realizando sólo acciones específicas que tenían que ver más que nada con el foro en el que participo, o temas familiares. Todo lo demás en esa semana había importado una mierda. Ya ni siquiera soñaba, no me atrevía. Mis alas se me habían desgastado, o peor se me habían ido cayendo pluma a pluma hasta dejarme convertido en una masa sin vida, sin objetivos, sin metas. Sólo respirando, esperando pasar al siguiente día.

Nunca ninguno de mis contactos supo que era lo que había pasado conmigo, por qué diantres me comportaba de esa manera, con tal actitud rebelde, furiosa, desencantada de la vida. Sólo quería correr y seguir corriendo, perdiéndome en un mar de pensamientos negros, depresivos. Hasta que el mismo individuo que me había hecho gozar de una forma bastante potente volvió a aparecer por el programa de mensajería que solía ocupar.

Julio seguía, como de costumbre, con la misma personalidad de siempre, bromeando con mi persona con cuanta chuchada se le cruzase. Yo sólo seguía esa corriente, pero ese día todo había dado un vuelvo inesperado, uno que él no contaba para nada y el cual le había sorprendido en demasía.

Un tanto desganado, fui contándole toda la mierda que sentía, mis decisiones, mis pensamientos, mis temores, mis ganas más profundas de arrancar a otra ciudad, volver a mi capital. Parecía entenderlo, su propia disposición se había tornado en uno santo, siendo un hombro en el cual apoyar mi cabeza y dejar correr las millones e incontables lágrimas que mis globos oculares querían soltar.

Instintivamente me ofreció una nueva sesión de sexo oral pero tuve que rechazarle, no estaba para nada, ni siquiera para eso, que era lo que me gustaba de él. Obviamente él no estaba sorprendido, comprendía perfectamente toda la negatividad por la que estaba sufriendo y de alguna manera no replicaba nada al respecto. Había encontrado que ciertamente desconocía de mi vecino. Un lado cariñoso, fraternal.

Cortando un poco la conversación me despedí de Julio, indicándole que ya volveríamos a conversar otro rato, para ver si así mejoraba un poco o no mi estado anímico. Me despedí de forma cálida, agradeciendo su tiempo y el esfuerzo invertido en mí. No me lo creía.

Al cabo de una semana había recuperado mi yo normal. Volvía a bromear con mi familia y volvía a ser el mismo personaje pedante de siempre. Me sentía alegre, con ganas de volver a realizar proyectos y demases, excepto poner un pie en mi casa de estudios. Aún no superaba esa parte. Pero al menos ya volvía a ser el maniático que buscaba a Jorge por el msn, para retomar la charla que había quedado inconclusa.

En efecto, tras pasar algunos días, me lo pillé nuevamente por el mismo servicio de mensajes, dando a conocer mi mejora, y mi predisposición para reunirnos nuevamente. Era temprano y me había quedado solo, y del otro lado, la misma historia acontecía. Y él, de manera abierta y honesta, me había pedido algo que nunca me habría podido puesto a pensar meses atrás.

Quería que le ayudara a cocinar, que le fuese a ver y que pasáramos un rato agradable.

Había recordado el precario estado de salud de mi vecino. Hace poco había comenzado a sufrir de un dolor a la espalda, a la rodilla y al cuello. Con mi buena vibra renovada acepté gustoso la oferta propuesta. Ya había un tiempo sin vernos y francamente quería más de él, aunque fuese un poco de palabras amistosa, sin siquiera pasar a primera base.

En un abrir y cerrar de ojos ya estaba allí, con él, listo para compartir una agradable jornada en la cocina. Él había cambiado las ropas casuales por algo mucho más ligero, se encontraba simplemente en un short de la U y una camisa del mismo equipo. No había duda que era bullanguero a morir. Sabía que si las cosas se daban como yo quería, él podría llevarse muy bien con mi viejo y con mi hermana. Después de todo pertenecían al mismo equipo.

Ingresamos a la cocina, Julio se encontraba preparando tallarines, un extraño batido relleno de varios ingredientes y cortando un poco de lomo para freírlo. No pude sino empezar a bromear por lo raro de la situación y del misterioso batido que ahora tomaba un color rosado oscuro.

Le ayudé en lo que pude, vigilando los fideos, el batido y dándole algunos tips que yo solía ocupar al momento de meter la mano en la sartén. ¿Resultado final? Una graciosa intervención por parte de ambos, probando los tallarines y sofriendo la carne ya lista con el batido de cebolla, queso y otras especias. Dudaba mucho del sabor final que resultaría de aquél experimento culinario.

Tras terminar el plato principal me pregunto si quería almorzar en ese instante, con él. Ni siquiera tuve que pensarlo, aceptando de forma casi automática con un “Sí, claro.” Julio era alguien difícil de leer, pero parte de mí creía que en verdad, ambos sentíamos lo mismo el uno por el otro, aunque lo compartíamos a la luz de forma diferente.

El plato estaba delicioso, independiente de la sorpresiva elección de componentes que le conformaban, el sabor era único y muy parecido a lo que era una sala de tomates. Enhorabuena. Nada de qué quejarse. Conversando ambos engullíamos la comida, aunque para mi sorpresa, tras cinco minutos, Julio ya había terminado, y yo recién llevaba el comienzo.

Me comentaba que en su tiempo de soldado, había pasado por muchas cosas, muchas experiencias, y entre ellas estaban los rápidos almuerzos que solían servirse a causa del entrenamiento. Él aún seguía con esa costumbre, devorando todo a la vista, como si un agujero negro intentara comerse una estrella, en un segundo, todo había acabado.

Seguí disfrutando del plato sin prestar mucho caso a lo acontecido, sería una más de las peripecias que me había tocado vivir con él. Una que recordaría con mucha felicidad y con una dicha enorme, gustoso de haber dicho “Sí, ya voy”.

Luego de terminar nos recostamos en los sofás que su departamento tenía, prendiendo la tele y deleitando nuestros oídos con rock desde youtube. Variando desde System of a Down hasta Cranberries. Me podría haber quedado dormido encima de él sin ningún problema, pero ya iba siendo la hora de retirarme, su viejo llegaría en unos cuantos minutos y no podía haber rastros de aquella junta.

Me despedí, pidiendo que se parar para abrazarle, abrazarle tan fuertemente que se sentía como una verdadera despedida, humana, tibia, de dos compañeros que hubieran vivido muchas aventuras juntos y ahora era tiempo de separarse, quizás para siempre. Era un dejo bastante raro, particular. Me devolví a mi hogar, a acostarme y soñar nuevamente en las múltiples escena que habían sido dejadas de lado.

Había pasado algún tiempo y me había enterado que mi vecino ya tenía fecha de operación. Lo que le aquejaba era más grave de lo normal y debía ser removido quirúrgicamente. Me preocupé insistentemente por él, preguntándole en reiteradas ocasiones como se sentía. Hasta incluso le presté una serie de mi viejo para que se relajase previa cirugía.

El día D había arribado. No aguantaba la emoción. Cuando dieron las 12 fui al hospital a preguntar por él, quería verle, asegurarme de que estaba bien, con vida, sano, libre del mal que le jodía el cuerpo. Pero no tuve respuesta, quizás ni siquiera había entrado a pabellón. Mi apuro me había hecho una mala jugada.

No tuve otra alternativa más que la de despejar la mente y hacer hora, recorriendo el centro, visitan la U, y comprar cosas para la casa. Había sido tanto el tiempo libre que los minutos los invertí tatuándome una estrella, como lo quería hace tiempo. Al finalizar la sesión me di cuenta que ya se hacía tarde, que si no me iba no alcanzaría a ver a Julio.

Salí del local y tomé la primera micro que sabía que me llevaría directamente al hospital. En el viaje sólo pensaba en una persona, y solamente en eso estaba ocupado. Al menos ya me sabía el camino y perdería menos tiempo intentando encontrar la sala de recuperación. Para mi sorpresa al arribar, me percaté que el horario de visitas era de 16 a 18 y para mi infortunio eran las 18:3X. Quería entrar, tenía las ganas y estaba nervioso, así que simplemente me dejé llevar por la adrenalina y abrí las puertas, entrando carerraja contra todo pronóstico, llegando al mesón central y demandando a la encargada saber en qué sala se encontraba descansando mi Vecino.

Me acerqué un poco para encontrarle de espaldas, se preparaba para levantarse. Rápidamente me metí a la sala, desafiando toda regla y toda norma impuesta por el hospital. Pero quería verle. Allí estaba, ahueonado por la morfina, pero al menos ya sabía que seguía vivo y que la operación había sido un rotundo éxito. Seguimos charlando por un par de minutos y lo abracé, mostrando la “incondicionalidad” que tenía por ciertas personas y ciertas acciones. Él se lo había ganado.

Y aparte…

Me gustaba…



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