Buscar en este blog

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El Vecino Pt. V


Ya estaba mucho mejor, se le notaba animoso, alegre, sonriente, lo cual me dejaba embobado por un largo tiempo. Siempre sabía hacerme sacar a luz esas pequeñas muecas de felicidad, aunque fuesen esporádicas, en mí. Era el único hombre al cuál le quería de cierta forma especial, después de todo el tiempo que llevábamos… ¿Cómo no?

Habíamos acordado otra junta, nuestra propia reunión secreta llevada a la carne y a la saciedad feroz del sexo. A ambos nos gustaba el hueveo y no lo disimulábamos para nada. Eras un experto con la boca, y yo un vil goloso. Pero aquella, después de tu operación, fue todo color amor. Abrazos iban y venían, miradas de complicidad pura, afectos, toques faciales por montones, piernas entrelazadas.

Los besos no se dejaron esperar, pero no eran desenfrenados, para nada. Estos iban cargados de un dulce licor sabor ternura, rociándose por toda la frente, la nariz, y las mejillas, mientras contemplaba con deleite ese rostro, esos ojos, esa boca, esa barba. Me volvías loco. Y no podía hacer nada para calmarme.

Te abracé aún más fuerte, dejando tu pecho pegado al mío, latiendo al unísono, cerrando los ojos y uniendo nuestras sienes, imaginando mundos alternos dónde tú y yo éramos felices, lejos del prejuicio social y familiar. Al abrir mis globos, seguías sonriendo y yo seguía ahueonado. Te tocaba leventemente tu barbilla, jugando con esos pelos revoltosos que seguían sin afeitar, un placer sin igual que este demente fetichista capilar gozaba a montones.

Jugaba con tu pierna, y tú con las mías, rozando cada centímetro de piel, cada pelo del montón, llegando a efectuar una serie de cosquillas que recorrían todo mi cuerpo y me hacían reír levemente a ratos. Partí con mi mano izquierda recorriendo tu torso, tus costillas, tu cintura finalmente, y sólo te miraba, buscando imperfecciones, preguntándome cómo alguien tan mino como tú querría meterse con alguien como yo. No le encontraba nada, esas ventanas me dejaban claro que aquello era real, que él me quería, y yo a él. Era así… ¿Era?

Me agarraste fuertemente el pene con tu mano derecha y no pude hacer nada al respecto, habías hecho una jugada muy sucia, actuando rápido y sin pudor. “Hueón…” No atinaba a más. Una dulce y leve caricia por mi zona erógena hicieron que me excitara a más no poder, y entonces, sexo salvaje.

No recordaba lo rico que era juntarme contigo. Desde el lapso de mi salida de la Universidad, entre mi depresión, tu enfermedad y tu operación había perdido el hilo temporal y claramente ese cosquilleo por la columna se me había olvidado. Futbolero, car-lover, amiguero, respetuoso, bueno en la cama, extrovertido, rico. Lo eras definitivamente, todo lo opuesto a mí en mis manos, mi pareja perfecta, el hombre que amo y al que esperaba hace tiempo.

“Te quiero, hueón”.

Me quedé pasmado. Nunca había oído a ninguno de los tipos con los que había estado decir aquello. Y tú, el amante del alcohol y del carrete, vociferando eso a mi oído, después de eyacular. Tomé tu rostro, bajé hasta tu mentón y moví toda tu cabeza hasta que tus labios se juntaron con los míos. Esa era mi respuesta definitiva.

Te retiraste graciosamente, yendo a contestar el teléfono, mientras yo esperaba en tu cama, incrédulo. Simplemente parecía toda una película romántica con toques de drama en partes iguales. El guion había salido más que perfecto y siquiera tuve que forzar las prosas y los actos. Te amaba. Eras la guinda de todo pastel y eras  mío.

Al fin regresabas, listo para culminar el pecado original. Me vestiste, tapando mis partes con mis interiores y subiéndome el pantalón mientras me mirabas con esa cara ridícula tuya. Devolvía el gesto comprensivamente, alabando tu gentileza y tu amabilidad, mientras me dabas la mano para pararme del colchón.

Comencé a caminar, yendo directamente hasta el final de tu pieza, mientras tú me agarrabas por detrás y comenzabas a besar mi cuello. Me quedé ahí mismo, tocando tu pierna con mi mano derecha, mientras que la izquierda se alzaba lentamente hacia tu cabeza, acariciando sutilmente cada fibra capilar en tu cráneo, masajeándolo.

Me tenía que retirar, lo sé, así que dejé de pavonear  y te miré una última vez, tomando tu mano, sonriendo, estaba alegre. Pero al escuchar ese portazo sabía que era el final, hasta quién sabe cuando… Y tener que soportar tanto fue peor, sentir que ese fuego se apagaba, que la cera de la vela cada vez era menos hasta que la mecha se cayera…

¿1 mes sin respuesta? No sería la primera vez. No eras el primer sacohuea que me dejaba tirado sin explicación alguna. De cierta forma, ya estaba acostumbrado que los hombres me dejaran atrás y siguieran con su vida, tomando un fragmento más de mi frágil corazón, despedazando otro poco de mi esperanza, de encontrar el amor en el mundo hostil del que era parte. Ya estaba fraccionado, dolería sólo un poco.

Cuanto más pasaba, eran peores los recuerdos, noches enteras reviviendo ese último encuentro, ese último tacto, las últimas palabras que me pudiste haber dicho. Y era lo que más dolía. ¿Por qué tenían que haber sido justamente ESAS palabras? No podías terminar una relación con un “te quiero” incluso si era una relación falsa inventada por dos testarudos cabezones. No eran solo letras, tenían un significado, uno que mal aprovechado se tornan espinas difíciles de lograr rescatar.

Tenía que aprender que a veces, en las películas románticas, también se sufría. E Irrisoriamente luego de llegar a estar a 3 metros sobre el cielo. No me quedaba nada más por aprender o estigmatizar. Milicos equivalían a problemas, nunca más lo haría. Incluso viendo todos los días, el mismo portón, diferentes guardias, diferentes autos, mi vista siempre se volteaba hacia el quinto piso, buscando tu cara asomarse sólo para gestar un pequeño saludo cordial.

Ya van casi 2. Odiaría pensar que nada de lo que hubiéramos experimentado hubiese sido real. Pero mantengo esas escenas, esas fotografías mentales tan vívidamente cargadas que serás siempre El Vecino, aquél hombre al que llegué a amar, y no sólo a querer. Al cuál le preví con empatía, consejos y gustos. Aquél hombre que supo darme consuelo después de una batalla perdida. Aquél hombre que supo ganarme mi respeto y mi confianza, aun luego de la mierda acontecida.

Te quise

Te quiero

Te querré.

J.I.H.R.

El Vecino.



martes, 31 de julio de 2012

J.I.R.H.


Parece que me voy a Santiago, a vivir por algún tiempo.


Casi ni te conectas, te quería dar la noticia en verde pero prefiero que la sepas a que te enteres luego. 


He estado muy confundido estos últimos días sobre mi situación, tanto personal como estudiantil como laboral y tras muchas horas de falta de sueño, creo que al fin he llegado a una radical conclusión: necesito madurar, crecer y tener otros puntos de vista fuera de mi entorno familiar y para ello creo que es necesario desligarme tanto de mi núcleo familiar como de la ciudad en sí.


No ha sido fácil, abandonar tantas cosas, y tantas personas, es un peso que cargaré por algunos cuantos días a mi arribo en la gran capital.

El motivo principal de esta misiva es más que nada para hacerte saber cuan feliz me hiciste durante todo este tiempo. Como pasaste a ser un hueón más del montón, de la larga lista de contactos que tengo en Messenger, a ser lo más parecido a un pololo que pude haber tenido en todo este tiempo.

Llegué quererte tanto, de tal forma que me llegué enamorar de lo que teníamos, de esa particular amistad entre tú y yo, de esos momentos en que pasábamos abrazados y nos besábamos por varios minutos, mientras te miraba a los ojos y me perdía en ellos cada vez que los volvía a ver.

Compañero incondicional, estuviste ahí en uno de mis peores momentos, aun si estuviste ausente durante el resto, eso fue algo que nunca jamás nadie podrá cambiar, y es el hecho de que te preocupaste tanto por mí que hasta temiste por que me hubiera suicidado contigo conectado.

La verdad es que las primeras tres veces no habían sido sino placer por placer, pero tras el giro inesperado de eventos que nos llevó a juntarnos en un modo más relajado, ameno y cariñoso fue cuando todo mi corazón se volcó, haciendo sentir esas mariposas en el estómago una vez concluida mi peor etapa, -cuando almorzamos juntos-.

No podré dejar atrás esas palabras que nos dedicamos, todos aquellos insultos sutilmente cargados de comprensión y cariño dedicado. Y fue por las mismas razones que te llevaron a ti a ser testigo de un lado depresivo mío, a ver un lado gentil, débil y enérgico en ti, lado post-operación tras visitarte y comprobar que seguías vivo y que aún podías ser mi “amigo”.

Al recuperarte e irte a tu domicilio, pensé enfático en la posibilidad de poder visitar tu morada, y de atestiguar en persona lo bien que sobrellevabas el incidente ambulatorio. Podía sentirlo todavía, al penetrar esos ojos, al caer en tu cama tras tirar de mi polera, cuando me abrazaste y besé tu frente por primera vez. 

Debería haberlo dicho en ese momento, pero nunca supe si me querías o no, excepto la última vez que intercambiamos palabras por Messenger.

“Si igual me querí” “Si wn, es vdd”. 

Me gustaría haber preguntado directamente a tu cara la misma consulta realizada, pero el destino, cruel como el niño quemando hormigas con una lupa, exterminó la posibilidad de llevarlo a cabo y sólo me consuela el hecho de que verás esta nota y sabrás que te la dediqué cien por ciento a ti, J.R.H. Te quiero, y te querré, tus abrazos, tus caricias, tus palabras.


Gracias por todo

sábado, 21 de julio de 2012

El Vecino Pt. IV


Era uno de esos días en los que sabes que algo saldrá mal. Yo le llamo un día gris. Ni el caramelo más dulce podía sacarme de ese estado sepulcral. La tormenta interna de  mi corazón se seguía abatiendo ferozmente, revolviendo mis pensamientos y dejándome caer por un abismo que ni siquiera mi cerebro lograba comprender bajo ninguna regla conocida. Dolía, me sentía como si toda la felicidad pendiera de una vela, y súbitamente esa vela se hubiera apagado para siempre.

Tomando drásticas decisiones, opté por dejar de salir, de faltar a clases y reprobar, una vez más, los cursos que ese año había tomado. No me sentía ni con las ganas, ni con la motivación, ni con ningún sentimiento de querer superarme este año, había sido, una vez más, una serie de errores que me había dirigido a otro más de mis equivocaciones.

Triste, opté por también dejar de conectarme al ciber espacio, realizando sólo acciones específicas que tenían que ver más que nada con el foro en el que participo, o temas familiares. Todo lo demás en esa semana había importado una mierda. Ya ni siquiera soñaba, no me atrevía. Mis alas se me habían desgastado, o peor se me habían ido cayendo pluma a pluma hasta dejarme convertido en una masa sin vida, sin objetivos, sin metas. Sólo respirando, esperando pasar al siguiente día.

Nunca ninguno de mis contactos supo que era lo que había pasado conmigo, por qué diantres me comportaba de esa manera, con tal actitud rebelde, furiosa, desencantada de la vida. Sólo quería correr y seguir corriendo, perdiéndome en un mar de pensamientos negros, depresivos. Hasta que el mismo individuo que me había hecho gozar de una forma bastante potente volvió a aparecer por el programa de mensajería que solía ocupar.

Julio seguía, como de costumbre, con la misma personalidad de siempre, bromeando con mi persona con cuanta chuchada se le cruzase. Yo sólo seguía esa corriente, pero ese día todo había dado un vuelvo inesperado, uno que él no contaba para nada y el cual le había sorprendido en demasía.

Un tanto desganado, fui contándole toda la mierda que sentía, mis decisiones, mis pensamientos, mis temores, mis ganas más profundas de arrancar a otra ciudad, volver a mi capital. Parecía entenderlo, su propia disposición se había tornado en uno santo, siendo un hombro en el cual apoyar mi cabeza y dejar correr las millones e incontables lágrimas que mis globos oculares querían soltar.

Instintivamente me ofreció una nueva sesión de sexo oral pero tuve que rechazarle, no estaba para nada, ni siquiera para eso, que era lo que me gustaba de él. Obviamente él no estaba sorprendido, comprendía perfectamente toda la negatividad por la que estaba sufriendo y de alguna manera no replicaba nada al respecto. Había encontrado que ciertamente desconocía de mi vecino. Un lado cariñoso, fraternal.

Cortando un poco la conversación me despedí de Julio, indicándole que ya volveríamos a conversar otro rato, para ver si así mejoraba un poco o no mi estado anímico. Me despedí de forma cálida, agradeciendo su tiempo y el esfuerzo invertido en mí. No me lo creía.

Al cabo de una semana había recuperado mi yo normal. Volvía a bromear con mi familia y volvía a ser el mismo personaje pedante de siempre. Me sentía alegre, con ganas de volver a realizar proyectos y demases, excepto poner un pie en mi casa de estudios. Aún no superaba esa parte. Pero al menos ya volvía a ser el maniático que buscaba a Jorge por el msn, para retomar la charla que había quedado inconclusa.

En efecto, tras pasar algunos días, me lo pillé nuevamente por el mismo servicio de mensajes, dando a conocer mi mejora, y mi predisposición para reunirnos nuevamente. Era temprano y me había quedado solo, y del otro lado, la misma historia acontecía. Y él, de manera abierta y honesta, me había pedido algo que nunca me habría podido puesto a pensar meses atrás.

Quería que le ayudara a cocinar, que le fuese a ver y que pasáramos un rato agradable.

Había recordado el precario estado de salud de mi vecino. Hace poco había comenzado a sufrir de un dolor a la espalda, a la rodilla y al cuello. Con mi buena vibra renovada acepté gustoso la oferta propuesta. Ya había un tiempo sin vernos y francamente quería más de él, aunque fuese un poco de palabras amistosa, sin siquiera pasar a primera base.

En un abrir y cerrar de ojos ya estaba allí, con él, listo para compartir una agradable jornada en la cocina. Él había cambiado las ropas casuales por algo mucho más ligero, se encontraba simplemente en un short de la U y una camisa del mismo equipo. No había duda que era bullanguero a morir. Sabía que si las cosas se daban como yo quería, él podría llevarse muy bien con mi viejo y con mi hermana. Después de todo pertenecían al mismo equipo.

Ingresamos a la cocina, Julio se encontraba preparando tallarines, un extraño batido relleno de varios ingredientes y cortando un poco de lomo para freírlo. No pude sino empezar a bromear por lo raro de la situación y del misterioso batido que ahora tomaba un color rosado oscuro.

Le ayudé en lo que pude, vigilando los fideos, el batido y dándole algunos tips que yo solía ocupar al momento de meter la mano en la sartén. ¿Resultado final? Una graciosa intervención por parte de ambos, probando los tallarines y sofriendo la carne ya lista con el batido de cebolla, queso y otras especias. Dudaba mucho del sabor final que resultaría de aquél experimento culinario.

Tras terminar el plato principal me pregunto si quería almorzar en ese instante, con él. Ni siquiera tuve que pensarlo, aceptando de forma casi automática con un “Sí, claro.” Julio era alguien difícil de leer, pero parte de mí creía que en verdad, ambos sentíamos lo mismo el uno por el otro, aunque lo compartíamos a la luz de forma diferente.

El plato estaba delicioso, independiente de la sorpresiva elección de componentes que le conformaban, el sabor era único y muy parecido a lo que era una sala de tomates. Enhorabuena. Nada de qué quejarse. Conversando ambos engullíamos la comida, aunque para mi sorpresa, tras cinco minutos, Julio ya había terminado, y yo recién llevaba el comienzo.

Me comentaba que en su tiempo de soldado, había pasado por muchas cosas, muchas experiencias, y entre ellas estaban los rápidos almuerzos que solían servirse a causa del entrenamiento. Él aún seguía con esa costumbre, devorando todo a la vista, como si un agujero negro intentara comerse una estrella, en un segundo, todo había acabado.

Seguí disfrutando del plato sin prestar mucho caso a lo acontecido, sería una más de las peripecias que me había tocado vivir con él. Una que recordaría con mucha felicidad y con una dicha enorme, gustoso de haber dicho “Sí, ya voy”.

Luego de terminar nos recostamos en los sofás que su departamento tenía, prendiendo la tele y deleitando nuestros oídos con rock desde youtube. Variando desde System of a Down hasta Cranberries. Me podría haber quedado dormido encima de él sin ningún problema, pero ya iba siendo la hora de retirarme, su viejo llegaría en unos cuantos minutos y no podía haber rastros de aquella junta.

Me despedí, pidiendo que se parar para abrazarle, abrazarle tan fuertemente que se sentía como una verdadera despedida, humana, tibia, de dos compañeros que hubieran vivido muchas aventuras juntos y ahora era tiempo de separarse, quizás para siempre. Era un dejo bastante raro, particular. Me devolví a mi hogar, a acostarme y soñar nuevamente en las múltiples escena que habían sido dejadas de lado.

Había pasado algún tiempo y me había enterado que mi vecino ya tenía fecha de operación. Lo que le aquejaba era más grave de lo normal y debía ser removido quirúrgicamente. Me preocupé insistentemente por él, preguntándole en reiteradas ocasiones como se sentía. Hasta incluso le presté una serie de mi viejo para que se relajase previa cirugía.

El día D había arribado. No aguantaba la emoción. Cuando dieron las 12 fui al hospital a preguntar por él, quería verle, asegurarme de que estaba bien, con vida, sano, libre del mal que le jodía el cuerpo. Pero no tuve respuesta, quizás ni siquiera había entrado a pabellón. Mi apuro me había hecho una mala jugada.

No tuve otra alternativa más que la de despejar la mente y hacer hora, recorriendo el centro, visitan la U, y comprar cosas para la casa. Había sido tanto el tiempo libre que los minutos los invertí tatuándome una estrella, como lo quería hace tiempo. Al finalizar la sesión me di cuenta que ya se hacía tarde, que si no me iba no alcanzaría a ver a Julio.

Salí del local y tomé la primera micro que sabía que me llevaría directamente al hospital. En el viaje sólo pensaba en una persona, y solamente en eso estaba ocupado. Al menos ya me sabía el camino y perdería menos tiempo intentando encontrar la sala de recuperación. Para mi sorpresa al arribar, me percaté que el horario de visitas era de 16 a 18 y para mi infortunio eran las 18:3X. Quería entrar, tenía las ganas y estaba nervioso, así que simplemente me dejé llevar por la adrenalina y abrí las puertas, entrando carerraja contra todo pronóstico, llegando al mesón central y demandando a la encargada saber en qué sala se encontraba descansando mi Vecino.

Me acerqué un poco para encontrarle de espaldas, se preparaba para levantarse. Rápidamente me metí a la sala, desafiando toda regla y toda norma impuesta por el hospital. Pero quería verle. Allí estaba, ahueonado por la morfina, pero al menos ya sabía que seguía vivo y que la operación había sido un rotundo éxito. Seguimos charlando por un par de minutos y lo abracé, mostrando la “incondicionalidad” que tenía por ciertas personas y ciertas acciones. Él se lo había ganado.

Y aparte…

Me gustaba…



sábado, 12 de mayo de 2012

El Vecino Pt. III


Ya seas hétero, gay o bi, siempre habrá alguien que logre moverte el piso con sólo mirarte, con sólo escucharle, o simplemente pensar en esa persona. Ya vagamente recuerdo, cuando en mis días de antaño, hace aproximadamente dos pendejadas, Louis tomaba algunos Schops conmigo. Riendo, discutiendo, encantándonos. Pero como en todo cuento, siempre hay una versión que no se cuenta que generalmente viene a ser el final alternativo, el oscuro, el triste. Después de nunca volverlo a ver, pasaron miles de hombres por mis ojos, todos y cada uno de ellos, tan diferentes como el anterior, pero ninguno lograba cautivarme. Hasta ahora.

Siempre he sido de la idea de seguir al corazón, al instinto, esa salvaje idea que nos dice “voh dale” pero que siempre termina en tragedia griega, ya sea con el corazón roto, o con el ego demasiado inflado. Julio es uno de aquellos tipos. Cercano, distante, enigmático, avergonzado, millones der adjetivos que le califican de “el hueón más rico en años”. Posiblemente era la fantástica idea de que pertenece, de cierta forma, a una de las ramas uniformadas, por otro, la idea de haber encontrado a alguien parecido a ti, o a lo semejante que es tu propio prototipo. Pelo corto, rocker, misma edad, más alto, distinciones que le hacen acreedor de un nuevo adjetivo, fantasía. Y cómo tal, difícil de llevar a cabo, insuflándome en pensamientos poco probables, en futuros nublados, inexplorados.

Este tipo simplemente me había acojonado.

Pasando por deberes de la universidad, nada más conversar con él saltaba la oportunidad de preguntarle, de atreverse, de volver a encontrarnos. ¿Querría? ¿Lo desearía tanto como yo? ¿Estaría envuelto en un mar de ideas tan ridículas como las que pensaba? Muy por dentro sabía que esto sólo era una aventura más, pasajero, destinado a acabar en un músculo bombeando lágrimas a montones. Pero la carne es débil, siempre, en algún punto, se flexibiliza y tiende a ignorar esos detalles, esas razones por las que uno no debería de atreverse a seguir por un camino que sólo trae miedos y dolor.

¿Qué? ¿Te dejaron huérfano? / Sí”. Erección en proceso. La cabeza me daba vueltas y la sola idea de terminar enfrascados en una remezcla de sudor, sexo y pasión me erizaba el vello en mis brazos. Me puse mis mocasines y salí hecho un vuelo, despidiéndome vagamente de los integrantes que habitaban la morada en aquel instante.

Como si de una emergencia se tratase, daba zancadas a lo largo y ancho, campeando todos los metros posibles, apurando la caminata y sudando en seco, buscando el edificio donde mi vecino vivía. Tras pasar las rejas tomé un camino diferente, esta vez por la puerta principal, pero siempre con los ojos brillantes, ávidos de producir un fuerte roce con Julio. Temblando, mi mano derecha se estiraba para tocar el timbre, haciéndole saber a don calentura que su orden había llegado, y le saldría gratis.

En boxers, con una polera ancha y delgada, Julio hacía gala de su mirada. Penetrando en mi sien constantemente. Sorprendentemente me enteraba, por primera vez, que no estaba ocupado haciendo ninguna tarea. Ya me cabreaba yo de siempre tener que soportar la misma vieja historia de “tengo tareas, estoy ocupado”. O era yo el impaciente de mierda que siempre quiere más.

Como película porno, la espera no se hizo larga y nos acostamos en su cama, reproduciendo un poco de Green Day de fondo, amenizando de manera natural el entorno: dos jóvenes ardientes sin frenos, insaciables, alborotantes. Al compás de la guitarra y la batería, mis manos se infiltraban por su polera, palpando esa espalda que tanto me gustaba, ese pecho con la cantidad de vello justa, y ese cuello con una fragancia natural que te tentaba de sobremanera. Acariciaba una y otra vez su piel, pasando por sus costillas y terminando en su cara, saboreando con cada dedo esa suavidad en el rostro, juntando nuestras frentes y nuestros labios.

Esos ojos, brillantes, radiantes, testigos de una pasión desmesurada, me abrían las puertas a soñar despierto, soñando escenas, vívidamente, como si fueran recuerdos, recuerdos de momentos mágicos, de fulgor incondicional, un rojo ardiente debajo de las sábanas, un orbe de eterno calor. Me sentía tan vivo, casi tan vivo como cuando comía pichangas con Louis.

Nuestras lenguas entrelazadas, nuestras piernas adoptando formas intrínsecas, enredándose continuamente hacían de esta una experiencia maravillosa. Tal como la anterior, era un placer sexual sin igual sin llegar a la penetración, me dejaba arrastrar por ese cabello, ese torso, esa espalda, por todo, aumentando esos deseos fugases de llevar el momento un nivel más allá. Mi corazón se encontraba dividido, parte de mí lo anhelaba, parte de mí lo repudiaba. Había ya pasado muchas veces por esa misma situación, una y otra vez. Copas vacías que se apilaban en lo profundo de mi cavidad craneal, recordándome lo doloroso que era satisfacer ese pequeño pecado carnal para luego esfumarse para siempre, nunca volviendo a ver al otro tipo.

Él me hacía sentir diferente.

Tras haberle robado la mitad del aire en una sucesión larga y salvaje de besos, Julio comenzó a sobarme, demostrando cierto “cariño” en una forma que no había hecho ninguno de mis anteriores trofeos. Sus labios rozaban mi frente, mi mejilla, mi cuello, mientras nuestras manos continuaban atadas, por esa lujuria invisible.

Tras ese pequeño gesto de “amor”, mi vecino continuó bajando por mi pecho, palpándolo con sus labios, hasta llegar a mi abdomen, el cual comenzaba a lamer, provocando un nervioso cosquilleo por mis músculos, que delicia. Mientras que con sus manos, el experto soldado recorría los miles de otros poros que se repartían por mi cuerpo, que como efecto hacía que una pequeña pizca de mi tronco se retorciese por lo ameno del tacto. Él simplemente seguía bajando, hasta la zona más sensible de todas, mi zona erógena predilecta, la misma que todo hombre posee y que a todos le gusta que le toquen.

Julio se dedicó a lo suyo, mamando de forma continua mi miembro, llevándome una vez más, al Nirvana, al Éxtasis, provocando Orgasmos de una inmensidad galáctica, obligándome a suspirar, a jadear, a gritar de placer intenso. Era un verdadero maestro, y eso me encantaba de sobremanera.

Tras terminar, lo pesqué de la polera que andaba ocupando en ese momento y lo amarré una vez más a mis labios, arrojándolo a la cama y tirándome encima de él, pasando mis manos sobre sus piernas, rellenas de vello sensual, pasando por su bóxer y terminando en sus nalgas, apretando fuertemente, saboreando con bastante ímpetu. Comencé entonces a frotar mi entrepierna con su coxis, realizando un leve estímulo sexual, pretendiendo tener relaciones sexuales con él. Ambos lo disfrutábamos. Me encantaba verlo de esa manera, gruñendo, mirándome de una forma provocadora que me daba el coraje de hacer esa fantasía en realidad.

Me quedé un momento paralizado, pensante… ¿Le preguntaba o no? ¿Qué diría? ¿Se enojaría? “¿Qué pasa?”. Se me había adelantado, de una u otra forma parecía haberme leído la mente, inspeccionando en algunos de mis más profundos deseos. “Nada, nada”. Repliqué. No quería cagarla. Al menos, no en ese momento. “¿Qué pasa, ah?”. Siguió insistiendo, besándome. “Nada hueón oh.” No podía, simplemente no podía.

Me avisaba de la hora de partida, en algunos minutos más tendría que irse a la U. Y yo volvería a mi sombría cámara cibernética. Le dejé ir, tocándole la mano y mirándole. Mientras él se duchaba, sólo me recosté en la cama, cerrándome los pantalones y cerrando los ojos, llevándome por el ritmo de Green Day que seguía sonando en la radio principal, Boulevard of Broken Dreams. Tras vestirse, arreglar su mochila y coger una manzana como merienda, le acompañé a la salida, leseando otro poco antes de partir caminos. Abajo, Julio miraba con recelo a todas direcciones. Sería porque aún estaba dentro del clóset, no podía juzgarlo, no todos teníamos la personalidad, o la valentía suficiente como revelar al mundo entero tal información, ni hablar de la familia con la que vivía, todos homofóbicos a morir. No podía culparlo. Simplemente me estrechó la mano, de forma fría, bastante y se fue a su auto, el famoso Alfa Romeo.

En casa todo seguía igual. Nadie había extrañado mi ausencia. Lo que sí era seguro, que extrañaría una vez más a mi vecino. Era una droga, se convertía en mi marihuana. Mi propia marca, mi propio sello, untado en él, imbuido de deseos y fantasías por montones. Tras el festín de ideas que rondaban por mi cráneo quedé pensativo, triste. ¿Y si le hubiera preguntado? ¿Perdía algo? El temor infundido en mi persona me lo prohibía. Sólo sería hueveo, no daba para más allá, al menos por parte de él. Era más fácil convivir con aquel estigma que decir adiós de una manera tan brusca y cortante. 

¿Te gusto hueón?” 

Julio… 

Julio…



martes, 24 de abril de 2012

Un Paseo por las Nubes pt. I: Escapada


26 de Marzo, despertaba una vez más, listo para la Universidad, o eso pensaban todos los miembros de mi familia. Como usual en mi rutina de adolescente estudiante y trabajador, lo primero que hice fue frotarme los ojos, tratando de desperezar esos sentidos, activarlos, el sol aún no salía y en algunas horas más, mi vuelo a Santiago llegaría.

Me coloqué mis hawaiianas y partí rumbo a prender el calefont, el frío del Otoño se dejaba posar en mi piel. Temblando, con mis manos puestas sobre las perillas del aparato, encendí lo más rápido que pude el instrumento para calentar el agua, y partir raudo a la ducha, no podía perder tiempo, de ninguna forma.

Allí, siendo golpeado por las miles de gotas que brotaban de la ducha-teléfono, examiné uno a uno los detalles del día, dónde iría a continuación, la hora de embarque, la hora de llegada, la estación de buses, llamar a mi amigo Petre. Como un proceso lógico secuencial, me repetía a mí mismo cada una de las órdenes a cumplir, nada podía salir mal. No en esa crucial fecha.

Tras salir del baño, fresco como lechuga, miré a mi madre y le saludé. Era algo que inevitablemente todos los días ocurría, ya era aparte de mi normal funcionamiento. Parte de mi dudaba a veces. ¿Sabría ella mi plan? ¿Conocería, de alguna forma, qué era lo que había planeado? No le daba más vueltas, si me ponía a vacilar, ella seguramente sospecharía de mi poco usual comportamiento. Debía ser rápido, escueto, sin demostrar ningún tipo de señales no verbales que delataran mis intenciones. Pero no podía parar de sonreír.

Al fin, con ropa, salí de mi cuarto para prepararme el desayuno. En la cocina, mi taza, blanca con diseño de colores otoñales, me saludaba, limpia. La tomé y le puse como, solía hacer, dos cubos de azúcar, saborearía esta mañana como si fuera la última del mundo. No estaba tan errado. Un poco de agua caliente, cortesía del hervidor, y otra poca de agua fría, cortesía del bidón instalado en el living. Algunas medidas de mi siempre confiable Nido, y otras del exquisito Milo. Agarré un puñado de cereales almacenados en la despensa y los dejé caer, graciosamente, hacia la taza, revolviendo la mezcla a consumir.

Mientras mi madre aún tardaba en vestirse, aproveché la oportunidad dada, y entre sorbos y sorbos, me preparé tres panes que me vendrían extremadamente bien más adelante. Debido a mi rápido metabolismo debía andar comiendo cada media hora, si no, empezaban los dolores. Fui precavido, me aseguré de hacer todo al unísono, para hacer pensar que toda la comida que llevaría en mi mochila era nada más que una simple colación universitaria. Estaba listo, saqué la bebida que había dejado lista y enfriándose la noche anterior y la coloqué dentro de una bolsa para así conservar un poco el frío que desprendía. Acto seguido, puesto en mi bolso de viaje.

Revisé por última vez los documentos y aparatos a llevar: mi billetera, en la cual tenía todas mis tarjetas, incluyendo la Bip! regalada por mi abuelo materno en el año nuevo; mi celular, amigo indispensable para coordinar todo lo que debía de coordinar, hacer llamadas amigas y molestar un poco a distancia; las entradas para el festival, sin ello, simplemente sería un viaje perdido; elementos varios como la ropa, artículos electrónicos e instrumentos de distinto uso. Me eché la mochila al hombro y me lavé los dientes. Tras terminar fui a despedirme, a verle, diciendo un adiós que se dejó sentir como un “para siempre”. Me retiré del departamento y suavemente cerré esa puerta de color blanco.

Ahora venía lo emocionante, ya estaba todo listo, nada podía detenerme, ni siquiera mi padre. Afuera ya era éxito asegurado, nada podía impedir mi plan calculado desde hacia semanas. Lo siguiente sería recoger mi maleta en casa de Paloma y despedirme de ella. Le llamé, indicándole que ya estaba en marcha y me dirigía a su casa. Sorprendentemente, al llegar al llegar al paradero de buses, allí, en Bulnes, la micro que me servía estaba ahí, esperando mi triunfal arribo.

Me subí y pagué mi pasaje, busqué un asiento desocupado y me puse a recordar todo lo que había pasado hasta el momento, como hace seis meses me había enterado de que se realizaría en Chile, por segunda vez, el festival de música llamado Lollapalooza. No pude evitar sonreír cuando, dos meses después de ese anuncio televisivo, con el sueldo de Noviembre pagaba la entrada para el segundo día, día en el cual podría disfrutar de todo el poder de los legendarios Foo Fighters. Me estremeció la idea de estar al frente, gritando y saltando con cada uno de los temas en su repertorio.

Tras 10 eternos minutos, divisaba la casa roja de mi amiga. Golpeé suavemente la puerta y me dejó pasar. Lars, su gato, seguía igual de molestoso, intruseando en cuanto rincón ajeno pillase. Mi maleta seguía ahí, inmóvil, tal y donde la había dejado reposar la última vez que vine con ella. Hablamos un rato mientras esperaba al transfer. Nos pusimos al día y de un momento a otro, había llegado mi carruaje. Me despedí con un fuerte abrazo y sacando mi equipaje para la calle. Al entrar al vehículo pagué y me puse a divagar una vez más.

Tras el sueldo de Diciembre, navegando en el trabajo, con un ocio incrementado al mil, revisé la página de Lan, buscando vuelos que satisficieran mi demanda. Como por arte de magia, o también llamándole un milagro, un vuelo se adecuaba a mis requerimientos y todo por el mísero precio de alrededor de cincuenta mil pesos. Ni tonto ni perezoso reservé de inmediato un asiento, ya lo pagaría al otro día al ir a la universidad. Con un paso más cerca de asistir al evento musical del año seguí laborando, ignorando mis otros problemas de momento. Celebraba.

Con Enero ya en su clímax, en su final, me puse a revisar mi cuenta, viendo cuánta plata quedaba y cuanto costaba la otra entrada que me faltaba por adquirir. Tras percatarme que no podría aguantar mucho si me farreaba todo ese dinero, decidí pedir prestado un poco a mi padre, quién amablemente accedió a colaborarme. Con la segunda entrada al recital en mano, para el primer día, dejé correr los minutos, las horas y los días, sólo debía aguantar 26 días sin salir ni comer afuera. Era una tarea difícil, pero mi fanatismo me ayudaba a sobrellevar tal carga.

Ya en el aeropuerto hice de inmediato el check-in, no quería dejar nada para última hora y/o atrasarme por no haber realizado tal operación. Cuando estuve seguro que lo único que faltaba era abordar el avión me senté en un sillón, propio del lugar, conecté mi notebook y me distraje un poco, calmando las ansias y la presión de al fin realizar algo que nunca había logrado hacer, viajar solo, valiéndome por mí mismo en el ámbito monetario y logístico.

Tras el llamado del counter lo supe, era hora de subir al vehículo aéreo y despegar hacia mi grandeza. Antes de iniciar el despegue llamé una vez más a mi Tía Edith, quién me recogería en el lugar para llevarme hasta el metro más cercano y comenzar mi aventura en solitario; acto seguido, mi padre me contestaba, y yo, con unos nervios de los mil demonios, me despedía, diciéndole que le llamaría tras arribar en la capital; y por último, a mi madre, mi cariñosa y preocupada madre quién, para mi sorpresa, no se sintió ni reaccionó mal, sino un tanto sorprendida. Tras terminar de ocupar el dispositivo móvil lo apagué, recostándome en la silla y sonriendo. Victoria.



domingo, 18 de marzo de 2012

El Vecino Pt. II


Fin de las clases, inicio de vacaciones, relajo, fiesta, salidas, viajes, destrucción, éxtasis. Me conectaba todos los días, siempre a la misma hora, esperando divisar el Nick del hombre que me había hecho pasar una tarde espectacular. Con un erotismo bastante diferente, utilizando sólo el lenguaje corporal y el verbal. Cuando lo veía, hablábamos de lo random, de lo cotidiano, de alguna forma esperaba que él hiciera el primer movimiento. Era bastante paciente después de todo, no me hacía ningún tipo de problema.

Tras pasar algunos días encerrado en mi departamento, las ansias y las ganas aumentaban, volviéndome loco. Tras terminar mi pololeo esos salvajes deseos sexuales hacia mi vecino aumentaban más y más. No sabía dónde vivía exactamente, podía ir a buscarlo, dejarme caer inesperadamente, darle una sorpresa, dejarlo loco, deseándome, entregándose. Esas eran mis intenciones. Las ganas de volver a la senda en la que estaba antes se apoderaba, de a poco, resurgiendo desde mis entrañas, como un enemigo inmortal, hermoso, pero mortal.

Luego de esperar día tras día, mensaje tras mensaje sin ningún indicio de una salida próxima, me atreví yo mismo a preguntar por su disponibilidad. La verdad, ansiaba verle, pasear de nuevo, sentir el aire, la libertad, y la tensión sexual. Con la U acercándose y con el trabajo, ya poco podía esperar de él, pero no me rendiría. Algún día tendríamos que vernos, y ese día llegaría tarde o temprano. En el entretiempo seguiría satisfaciendo mis necesidades con otras personas. Soltero y caliente, que peor combinación.

En una tarde de viernes, de rutina, sin nada que hacer, ingresé una vez más al sitio favorito de todo hombre, ManHunt. Siempre tenía la visita de él, veía el perfil y me hacía ilusiones, me quebraba solo el corazón. Me inventaba momentos, como el de aquella noche, momentos que de seguro nunca pasarían, o quizás sí, pero el esquivo muchacho seguía jugando conmigo, hablando, tirando la talla, nunca proponiendo algo más.

Cuando se conectó, le pregunté de inmediato cuando saldríamos de nuevo. “Cuando hubiera tiempo”. Ciertamente me decepcionaba. Quizás no estaba interesado en mí, quizás no le gustaba. Nunca fui algo más que un paseo. Ciertamente a nadie le hubiera gustado haber recibido ese tipo de comentarios. Herían, clavaban silenciosamente agujas por montón dentro del músculo palpitante, lo hacían sangrar, llorar lágrimas rojas. Mataban la pasión.

A modo de broma, le seguía la corriente, molestándolo, llamándole por nombres, jugando con él. Inesperadamente inocentemente me había pedido que fuera a su casa en el momento para que me pudiera hacer un “Wena Naty”. Gustoso de la idea le seguí el juego, aunque a modo de burla. Indicando que por mí, no había problemas, es más, que si quería algo más, podríamos llegar a algo más. La sola idea de tener sexo con él, rozarle la piel, hasta el más mínimo detalle me excitaba de sobremanera. Le pedí la dirección exacta, torre, departamento, nombre. Todo para alistarme y partir sin esperar una segunda opinión por parte de mi cerebro, que en ese momento estaba siendo manipulado por las hormonas, salvajes y adolescentes hormonas que sólo buscaban el placer explícito y físico.

Aún no me bañaba, pero no creí que importara, me lavé el cuerpo, de forma rápida, poniendo especial atención en mis axilas, no quería cagar el ambiente que estaba próximo a realizarse. Observé detalladamente mi ropero. ¿Una polera? Muy común ¿Una camisa? Sí, que fuera una light, una para poder ocupar en la calle pero que se notara que se trataba de un momento especial, íntimo entre dos personas. Realicé lo mismo a la hora de elegir un short adecuado, no podía ser de calle, pero tampoco podía ser uno especial, no era una fiesta, pero tampoco se trataba de una ocasión común. Tenía que trajinar con el mejor aspecto posible sin aires de superioridad. Lo siguiente, especia, un perfume seductor, mi banano atado a mi cintura, y los lentes.

Observé a mi alrededor, mi mamá ya se había ido al trabajo, mi hermana seguía descansando, y mi padre yacía aún en los brazos de Morfeo, profundamente. Caminé en puntillas, asegurándome de no realizar ningún tipo de sonido, la puerta era mi final boss. Agraciado en el arte de la infiltración, deslicé delicadamente las yemas de mis dedos índice y medio, navegando por todo el cachureo que se encontraba en el bolsillo inferior de mi banano, buscando con ansias las llaves del recinto. Al hacer contacto sentí felicidad y relajo. Abrí con mucha sutileza la puerta que daba al pasillo principal e introduje la llave, girándola, abriendo el mecanismo de apertura, para luego cerrar despacio y volver la chapa a su posición original, todo un trabajo de experticie.

Me abrí paso por el pasillo, caminando a un ritmo un poco acelerado. Ya en la espera del ascensor los nervios brillaban por su asistencia, las manos me temblaban y sudaban. Mi corazón volvía a aumentar su ritmo. Al llegar ese paralelepípedo metálico, entré y apreté, de forma automática, el piso número 1. Estaba deseoso de esta vez, llegar a más. Sería una de mis metas. Aunque fuese sólo un beso. Con eso me bastaba, con eso sabría que si valía algo más que un simple paseo en coche. Al fin llegaba a tierra firme. Todos los sucesos parecían ir demasiado lento. Parecía que mis pasos, normalmente anchos y largos se hacían cortos y no avanzaba más allá que nos cuantos centímetros.

Tras pasar la reja principal del condominio y divisar aquél en el que mi caliente vecino vivía me hizo temblar, una gratificante sonrisa se dibujó sola, sin esforzar ninguno de los músculos que se necesitaba para realizar dicha acción. Bajaba por la acera, me encontraba con el primer letrero, “Playa Oriente”. No, no era ese, seguía en la búsqueda del condominio correcto. Seguí descendiendo por la misma acera. La segunda entrada se acercaba. “Playa Norte”. Sí, había logrado llegar, ahora sólo debía ubicar la torre y el departamento que me había dicho Julio. Amablemente le pregunté al guardia de turno por indicaciones. Al terminar agradecí y me dirigí al edificio señalado.

Era mi primera vez en ese condominio. No sabía por dónde ir. No había ninguna señalización ni ninguna persona a quién preguntar tampoco. Por un momento me sentí perdido, extraviado. Seguí el camino que había elegido, me encontraba rodeado de autos. No veía ese Alfa Romeo que me había quedado gustando. Por ningún lado. A mitad del edificio podía observar una reja metálica, nervioso me acerqué, no sabía si sería la entrada correcta. Al acercarme un poco más noté que llevaba tanto a los pisos inferiores como los superiores. Entré, subí por las escaleras que allí habían, buscando el piso y el departamento que se suponía debía dirigirme. La puerta indicada, indicando que estaba en el lugar correcto. Entré en el pasillo y miré a ambos lados. ¿Dónde estaba ahora trabajando mi vecino? Al llegar toqué el timbre, las ansias se dejaban caer una vez más.

Un Julio bastante presentable salió a recibirme, vestía una polera gris, simple. Y unos jeans, como cualquier joven de su edad ocuparía. Se encontraba en el notebook, realizando una presentación powerpoint sobre los inicios del dibujo técnico. Me traía bastantes recuerdos, del 2008 para ser preciso, año en que en el ramo de Introducción a la Ingeniería este alumno ya de quinto realizaba lo mismo sobre los inventos en la edad de piedra. Nada que envidiarle.

El lugar, adornado por diferentes objetos, incluidos los sillones, algunos equipos, muebles, teles y medallas militares, hacían juego con el color del apartamento. Volviendo el lugar en un lugar de relajo. No pude sino meterle conversación, comenzar preguntando sobre su carrera, su horario, la pega. A las 17:45 se marcharía, aún tenía 50 minutos de sobra para entrar en acción, pero era demasiado temprano. Quería seguir siendo el chico piola. Que sólo encontraba atractivo al estudiante de Mecánica Industrial, primer año. Y que no le importaba ayudar con un tonto ppt. Se le veía tenso, un poco nervioso, tenía disertación en unas horas más y llevaba la mitad hecho. Me recordaba un poco a mí mismo en mis inicios. Me paré y me coloqué detrás de él posicionando mis manos en su espalda y masajeándolo, no pude evitar bromear al respecto. Llevé mis manos un poco más abajo, tratando de aligerarle ese peso. Por una parte quería darle a entender que sí quería que pasara algo más allá, por otra, que me preocupaba.

Seguimos tonteando, yo sólo observaba y preguntaba por el trabajo, cuanto había demorado en tener eso, como hacía para compatibilizar el trabajo que tenía y las clases por la noche, además de los carretes que de seguro tendría. Cuando eran las 17:30 sabía que era el momento exacto, si quería hacer algo con mi vecino debía actuar ya. Guardó su notebook y partió a su pieza, me preguntó si quería un masaje. No era tan hueón. Sabía exactamente que significaban esas palabras. Sonreí maliciosamente. El momento de la verdad llegaba, el momento en que probaría esos labios, esa piel, le sacaría lentamente, en forma sensual, esa polera y ambos gozaríamos de un infinito e insaciable sabor sexual. Me acerqué lentamente a su pieza, la única puerta a la izquierda. Mientras él corría las cortinas yo admiraba la cama, blanca pura, bastante elegante, me tiré, quedando acostado boca abajo, diciendo que estaba listo. Podría hacerme lo que quisiese.

Me recosté, dejando mi cuerpo adormecerse y mis brazos caer. El suave colchón amortiguaba todo mi peso, haciéndome sentir como si estuviera posado sobre una nube. La nube de un rico amante de autos. Pronto se dejaron sentir esas manos, esas manos varoniles que recorrían mi espalda, desde la base del cuello hasta la punta, empezando ya lo que era mi cola. Sus suaves extremidades también rozaban mi polera, inventando formas de masajes, lo hacía bien. Estaba por quedarme dormido, la asfixia por verle otra vez ya se había ido, ahora sólo quedaba una gigantesca satisfacción, por poder tocarlo, verlo, hablarle, imaginar cosas, cosas que quería que pasaran.

Cuando terminó le agradecí, aún en mi estado en semi éxtasis. Girando la cabeza para verle y levantándome un poco para sonreírle. Se sentó en la cama, pronunciaba que era su turno esta vez. Me acerqué a él, entendí mi mano a través del espacio que nos separaba le agarré la polera y lo tiré hacia mí, uniendo sus labios con los míos, besándolo intensamente, como si mi amante se tratara, él no sé dejó resistir, se entregó al instante, indicándome que también lo quería. ¿Más que yo? ¿Menos? Nadie lo sabía pero el sólo hecho de tirarse encima de mí me excitó aún más, haciéndome colocar mi mano derecha en su cadera izquierda, levantándole levemente la polera que traía puesta.

Las caricias comenzaron a dejarse aparecer. Ya no nos importaba nada. Era el aquí y el ahora, ambos no teníamos acción hace un par de meses y ambos éramos hombres ardientes, deseosos de contacto humano, contacto físico, mezcla de sudor y pasión. Comencé a robarle el aliento, a dejarlo cansado, pero no paraba de gozar, ambos lo hacíamos, revolviendo nuestras lenguas en el interior de la boca del otro. No podía parar, quería ir a por más, pero sabía que esta vez no sería. Comencé a bajar un poco la cabeza llegando a su estómago, levantando un poco su polera. Ese abdomen típico de varios chilenos, con el clásico vello adornado formando el llamado “Camino a la felicidad”.

Comencé a besar cada parte de su cuerpo, cada trozo de él. Subiendo por el torso y removiendo más la polera del cuerpo, hasta llegar a su tetilla, la cual lamí por todos lados, al tiempo que mi mano izquierda recorría su pecho, palpando su pectoral, y el vello del cual gozaba. Era como recorrer pastizales verdes, deliciosos, jóvenes. Poseía un cuerpo, privilegiado, si bien no tenía los abdominales marcados o una gran musculatura, tenía todo bien formado, poseía un cuerpo adulto, deseable.

Nuestros deseos por más frenesí no se hacían esperar, rozando los pantalones de ambos seguíamos comiéndonos mutuamente. Intercambiando saliva al interior de nuestras bocas, uniéndonos en un abismo de lujuria y pecado. Paraba algunos segundos sólo para recobrar el aliento y seguir en mi misión de disfrutar de mi vecino, por primera vez. Ya tenía mi miembro viril bastante erecto, y con cada tocación espontánea aumentaba ese fervor por llegar a la base número 4. En un acto inesperado me dio vuelta, quedando yo esta vez con la espalda en el cubrecama.

El muchacho comenzó a bajar por mi torso, palpándome, de apoco, pasando su lengua por cada zona de piel que sus ojos encontraban, bajando por mi dorso derecho, creando escalofríos orgásmicos, algo que  ningún hombre anteriormente me había hecho sentir. Era impresionante el manejo que tenía sobre la fisiología humana, o era simplemente experiencia. Muchas veces deseaba parar debido a ese cosquilleo intenso que me recorría por toda la piel. Era sin duda un hombre que sabía de sexo, a pesar de llevar la dura vida que le había tocado vivir.

Cuando pensé que nada podía ser mejor, bajo un poco más por mi ombligo, hasta llegar a la base de mi pene, desabrochándome el pantalón, revelando mi amigo infaltable, el alma de las fiesta, con una maestría casi tanto como con la lengua, puso sus labios en mi glande, haciéndome retorcer de placer, placer intenso, que muy pocas me han dado. Comenzó a bajar, tragando entero el miembro, haciendo que el placer se volviera euforia, me encontraba en el paraíso. Jugando con su mano izquierda y su boca por todo lo que podía engullirse, mientras que con la derecha palpaba mi torso, jugaba con él. Todo ese intenso acto sexual oral me hacía gritar. Muchas veces tuve que ponerme un cojín en la cara para amortiguar el sonido, ya que algunos vecinos podían escuchar y eso dejaría a mi vecino muy mal parado.

Estuvo mamando mi miembro durante aproximadamente 12 minutos. 12 exquisitos minutos que casi me hicieron acabarle en pleno rostro, parte de mí lo anhelaba, pero no pudo ser. Se acercaba la hora de irse a la U, por ser buena persona no podía dañarle de esa manera. Al terminar, su rostro denotaba cansancio, con los ojos rojos, la piel roja y el pecho sudado entero. Había quedado impactado con toda esa energía invertida en un solo acto. Le tomé la cabeza y lo besé tiernamente, mordiendo su labio inferior en algunas ocasiones, acariciando su mejilla, viéndole a los ojos. Había sido un momento bastante peculiar.

Ahora debía irse a duchar, no podía llegar todo sopeado a su lugar de estudio. Rápidamente se desvistió, quedando sólo en boxers. No pude evitarlo sonreír pícaramente, levantarme de la cama, agarrarlo de las caderas y volverle a besar otro poco. Apurándole, sino, llegaría atrasado y no quería eso. Antes de mandarlo a la ducha le dije que por ser tan bueno, se había ganado un premio, quiso cobrarlo de inmediato, entregándome en mis manos un disco duro y su respectivo cable. Otro día lo revisaría. Al comenzar el sonido de la ducha repasé, uno a uno todo lo que recién había sucedido. Es que simplemente no me lo creía, había quedado en el cielo, o más allá. Julio era alguien con quien definitivamente quería tener sexo, costara lo que costara.

Al terminar su ducha, entró como si nada en su pieza, desnudo, no podía evitar mirarlo por completo. Pero debía ser caballero, le hablaba, le miraba a la cara como el ser educado que era. Se vistió con ropas mejor que con las que lo había encontrado, con un perfume bastante cítrico, rico para mi gusto, recargaba mi apetito sexual. Cambiamos de escenario y volvimos al living. Cogió el notebook que había dejado guardado en el bolso y las llaves de su auto. No pude evitar reparar de nuevo en aquellas medallas. Quizás su padre fuese un gran hombre, pero era un idiota al ser como era con su hijo. Salimos del departamento y tomamos al ascensor. Aún no estaba satisfecho, cuando quise agarrarlo una última vez, una pequeña interrumpió, parando el ascensor, destruyendo mi plan. Al volver al primer piso nos despedimos, él debía continuar bajando y yo debía retirarme a mi hogar. Un poco triste dejé el recinto y volví a mi condominio.

Volví a entrar en cuclillas por si los bellos durmientes seguían inmersos en ese estado semi vegetal. Entré en mi pieza y rápidamente me conecté y por un momento me puse a pensar. ¿Sería posible algo serio? No, por supuesto que no. Él me había dejado explícitamente claro que sólo servía para huevear. No tenía madera de pololo, no estaba en él, aún. Con esa breve reseña after masaje. Me puse a pensar una vez más en la inmortalidad del cangrejo, aún quedaba bastante día para mis travesuras. No podía irme tan mal. Si había pasado lo que había pasado de seguro algo le llamaba la atención, mi ego aumentaba. Estaba feliz. ¿Y quién no lo estaría con un masaje de esa calidad? Pronto repetiría el plato. Las segundas veces siempre son mejor.



El Vecino Pt. I


Relajado, navegaba una vez más por mi página de confianza para conocer chicos, esta vez para divertirme en buena, no sólo tener una relación pasajera de una noche. Había cambiado mi comportamiento hace meses, y el sexo ya no me llenaba como antes. Se había convertido en, como decía uno de los personajes de la película CARS, una copa vacía sin sentido alguno. Quería conversar, tirar la talla, no solamente meter un trozo de carne por otros trozos de carne.

Como siempre, un mensaje desconocido, de alguien sin precedentes. Primera acción del momento, leer el contenido de la misiva. Sus palabras denotaban un tono atrevido, caliente, lleno de ganas de tener algo hot en el momento. Con mi personalidad renovada en un ser calmado y maduro, objeté aquellas palabras con mías en un tono sutil, caballeroso, indicando que no era de mi agrado conocer a una persona, y en cinco minutos estar tirando como conejos. El otro joven, respetuosamente respondió, indicando que no había problemas, que era decisión mía, fuera ahora o luego. Interesantemente accedí a darle mi correo y continuar allí la conversación.

Una vez estuve dentro de aquél famoso programa de mensajería instantánea esperé que el individuo apareciera. Sin espera alguna, el misterioso personaje sacado de ManHunt se conecta y me habla, saludándome con un gentil “Hola”. Como costumbre, y por caballerosidad, digna de mí, me pongo a cuestionar su vida, preguntándole por todo lo básico que en ese momento se me ocurría hablar. El dato más llamativo que me había quedado gustando es que estaba a sólo una cuadra de donde vivo. Una buena razón para conocerlo, pero en el momento dado, me encontraba en clases. Debía esperar un poco para poder vernos en persona. No me sentí del todo mal, sabiendo que a tan poca distancia había alguien dispuesto a salir o hacer otras cosas, me armé de paciencia. Ya llegaría el día en que pudiéramos vernos.

El mes había pasado, yo había salido de clases, y seguía sin toparme con el individuo en cuestión, él trabajaba y sólo se conectaba a veces para armar lo que era en sus palabras: “carrete”. Cuando hablábamos nunca me había hecho el valor de invitarlo a salir, quizás porque simplemente no tenía el suficiente coraje como para hacerlo, o en realidad sentía que sería ignorado. Con un perfil de calle como el que aquél muchacho poseía, era imposible competir, según me contaba.

Algunas semanas después, llegando a mi trabajo me encuentro con la amarga sorpresa que el recinto no tenía luz. De alguna forma había traído la batería de mi notebook, con el cuál me conectaba cada media hora para saber del mundo de afuera y no morir de aburrimiento. Había sido toda una odisea mantener el pc al margen de uso. En ocasiones sacaba mi DS, pero sólo duraba algunos momentos, el no realizar mi trabajo normal de cierto modo me había dejado tonto. Cuando el último trozo de energía desapareció de mi notebook supe que muy pronto, o me empezaría a morir o me dormiría, sucedió lo segundo. Y lo peor había tenido el descaro de entregarme a Morfeo en la oficina principal de mi área, mientras en la bodega a quién debía reemplazar yacía con los ojos cerrados, prueba de que ya estaba en aquél mundo fantástico.

Dormía a ratos, tampoco podía dejar de vigilar el mesón central. Después de todo, me encontraba aún en mis labores. Me enteré que en el mesón de al lado, misteriosamente tenían energía así que dejé cargando mi celular, ya casi no le quedaba pila, igual que a mí. A eso de las 18 despaché a mi otro colega, debía quedarme hasta que me llegara la noticia oficial por parte de mi jefe, el cuál tenía el teléfono apagado. Una verdadera mierda. Sólo y aburrido fui a buscar mi dispositivo y cuál barsa me conecto a msn a través de él. La situación lo ameritaba.  Mi vecino se encontraba conectado. Le expliqué la situación, y él de libre. Un calor se apoderó de mi cuerpo. No podía tener tanta mala cuea en un solo día. Para más remate, el idiota que estaba a mi lado comenzaba a decirme que me retirara por “molestoso”. Si no fuera caballero le habría sacado hasta a la madre.

Con una carga moderada me retiré al mesón, regresando a mi estado semi-vegetal, esperando mi hora de salida. Cuando estaba por perder las esperanzas recibo el llamado de mi jefe de Santiago, un verdadero alivio, pude retirarme del trabajo no sin antes convencer a este interesante hombre que pasara por mí. Sin reparos accedió, bajaría a buscarme en su auto en 10 minutos. Con la furia aún recorriendo los torrentes sanguíneos de mi cuerpo, eché las cosas en mi mochila de trabajo y bajé, raudo y veloz. Ignorando el hambre que en ese momento acarreaba. Tras bajar las escaleras quedé pensativo un momento, reposando sobre uno de los autos estacionados. Había visto algunas fotos, me llamaba la atención, quería conocerlo, quería hablar con él, bromear, mirarle a los ojos.

Pasados unos leves minutos, tal como había dicho, un Alfa Romeo del año ’90 se aproximaba, lentamente. Mi corazón palpitaba fuertemente. Siempre era lo mismo con cada extraño. Se dio vuelta para salir de la calle sin salida, una sonrisa recorría mi cara. Le saludé y en forma de broma le pregunté si me llevaba a mi casa. Sonrió. Me abrió la puerta y me subí al carro. Como formalización, le estreché la mano. Rudo y peludo, me gustaba, pelo corto, ojos verdes, barbita afeitada y cara de pendejo. Una unión bastante seductora. Le comenté sobre el hambre que seguía en efecto, rió y me llevó al líder. En el camino había podido comprobar que era un amante de la música rock, house, electro y un poco de hip-hop. Sudaba por dentro. Su piel, fresca y suave, gritaba mi nombre.

Al llegar al recinto bajé solo, dejando mis útiles, en señal de confianza, aunque parte de mí temiera que saliera de la escena. Parte idiota que seguía atada a los hombres anteriores. Relaciones que de una u otra forma habían acabado mal. Tras comprar mi comida, un pobre completo con una bebida, salí a encontrarme con Julio, que para mi sorpresa se encontraba limpiando la carrocería. Me dejaba claro que era un CAR-LOVER. Para mí ya estaba reluciente, pero él al parecer, era indiscutiblemente un maestro a la hora de detectar polvo, rayas y lo que enmugreciera la pintura del móvil. Sonreía, podía ser gay, pero era todo un hombre, al igual que yo. Y eso me excitaba de sobremanera.

Me subí al carro, cuidé de no ensuciar con ningún movimiento, ni con la comida el suave cuero que cubría la guantera del hermoso vehículo. Seguimos andando, conversando, conociéndonos, y escuchando Blink-182. Llegamos a la playa, paramos en la Poza de los Caballos, detuvimos el motor y nos quedamos admirando el atardecer. Hermoso acontecimiento, no era por el solo hecho de estar afuera, o de comer un completo, o de estar relajado viendo a un hombre que seguro era bueno para el hueveo. Y eso seguía incrementando las ganas de agarrarlo y besarlo allí mismo. Al terminar mi comida, nos pudimos compenetrar un poco más, soltando detalles de nuestras vidas, nuestras familias, nuestra sexualidad. Todo lo hacía mientras jugueteaba con su polera, dejando ver por instantes parte de ese pecho. Hacía mis esfuerzos, intentaba verle a la cara, poner atención en lo que decía, pero cada movimiento corpóreo que realizaba con sus brazos me invitaba a comérmelo. Pero logré resistir la tentación, fui un caballero, además, aún estaba pololeando.

Tras escuchar como sus viajes le habían llevado a varias partes del país, incluidos algunos carretes, contestó su teléfono, luego otra, y otra, o era muy amigo o era muy popular. No podía juzgarlo ni tampoco quería preguntarle, sentía que simplemente no era el momento adecuado ni el lugar. Sólo sonreía y asentía como un tonto. Tras el tercer llamado, Julio partió el motor y me preguntó si era hora de llegar a casa. Juguetón y sonriente, le contesté que no. Quería seguir paseando, o mejor dicho, quería seguir admirándole.

Nos fuimos por toda la costa, recorriendo todo lo que era la calle Arturo Prat, pasando Playa Brava, pasando los pubs, pasando monumentos y la Pharos. No quería que acabara. El viento, me sentía libre, ligero, la música me hacía volar, la compañía de ese hombre, me hacía vibrar. Era una mezcla perfecta, una buena forma de acabar el día, podría haber sido más regio, pero eso hubiera pasado los límites y llevar al acto sexual. Mi lado animal me lo imploraba, mi lado humano razonaba, rozar esos labios, tocar lo que había dejado de esa polera amarilla, tantear un poco de carne fresca. La sangre recorría velozmente por mi cuerpo, llegando a todas partes, incluso a mi miembro, sufriendo una leve erección. Lo deseaba.

Al acercarme a mi condominio, le agradecí, le toqué la mano y lo miré, “deberíamos juntarnos otro día” le dije, con una satisfaciente sonrisa. Abrí la puerta del espectacular auto y me eché la mochila hombro, dejando la basura ahí. Él se encargaría me comentó. Lo admiré. Había pasado a un éxtasis sentimental especial. Sin llegar al orgasmo, ese simple paseo en auto había despertado en mí sentidos que no se hacían presentes hace mucho tiempo. Quería dejar de ser caballero, quería ser un animal, rasgarle la ropa, palpar esa cabeza y llevarla hacía la mía, dejarlo sin aliento. No pude evitar soñar esa noche como hubiera sido una relación sexual con tremendo hombre. Al otro día trabajaba, pero iría feliz. Muy feliz.



domingo, 11 de marzo de 2012

Instinto Animal


Cada vez que veo niños, infantes, guaguas, y a sus padres, pienso en cómo debe ser la tediosa tarea de enseñar, cambiar pañales, vestir a otro ser humano, que pasó por lo mismo hace unos veinte y tantos antes. Creando problemas, quemando cosas, inundando baños, restregando comida por el suelo, ensuciando zapatillas, haciendo enojar a la mamá, o al papá.

Es curioso ver como algunos hombres que tengo de amigos y conocidos cuando supieron la noticia por primera vez se sintieron devastados, que era el fin del mundo y que no pensaban en nada más que despertar de una pesadilla sin precedentes. Buscando ayuda, consejos y hasta en algunos casos pensando en el suicidio. Es curioso como en el transcurso del embarazo de la mujer con la que habían estado todos esos pensamientos  e ideas anteriormente negativas evolucionan en deseos, esperanzas y ganas de convertirse en progenitores por primera vez.

Muchas veces me pregunto qué tan fácil es aceptar que en nueve meses o menos toda tu vida, tu estilo, tus horarios, tus comidas, tu dinero, tú mismo, girarás en torno a la criatura que está por nacer. Darlo todo, sin importar uno mismo. ¿Qué motiva a un ser humano a matarse de esa forma? ¿A empujar sus límites y correr si fuese necesario por una criatura que sólo sabe llorar?

Cuando nació mi hermana muchas veces sentía miedo, no sabía cómo actuar, cuando lloraba, cuando sonreía, me ponía nervioso. Nunca sabía qué pedía y no entendía como mi madre acertaba al primer intento. La leche materna, los juguetes, limpiarle el pañal.

Pensando en lo anterior, con un poco más de edad y raciocinio, aprendí de las costumbres diarias. Me comencé a convertir en el hermano mayor que debía ser, preocupado por mi sangre. Pero no bastaba, aún no deducía como actuar correctamente sin estropear el momento. Muchas veces mis actos me llevaron a dejarla llorando o cortarle la boca, mandándola al hospital.

Sus primeras palabras, sus primeros pasos, crecía y yo seguía siendo el inmaduro de siempre. Infantil, despreocupado. Su primera clase en el jardín, me veía a mí mismo en esos años donde creía haber visto una mariposa plateada en los juegos que el recinto poseía. Pero ella, era más inteligente, más viva. Todo lo opuesto a mí.

Volviendo al tema de mis amigos, al pasar un año, conversando, veía lo feliz que estaban. Pasaban la mayor parte de su tiempo libre con ellos o ellas, dejando a un lado las amistades y los carretes a los que tanto asistían con anterioridad. Habían cambiado, eran padres después de todo y debían ser responsables. Juraba en ese momento que nunca tendría hijos, no sólo por mi condición sexual sino por evitar a toda costa pasar por esos momentos que ellos acarreaban. Gastos de plata, falta de sueño, poca energía, desmotivación para salir. No era lo que llamaría “mi vida perfecta”.

20 años, un poco más maduro, me iba de viaje al sur, solo, o casi. Cada parada era u nuevo descubrimiento para mí. Una nueva experiencia. Conocí distintos tipos de familia, algunos con hijos, otras con adolescentes embarazadas, otros con padres buenos para nada. Sentía pena por algunos casos. En linares, conocí a Félix, un pequeño rubio de 2 años cuyo apetito voraz me recordaba mucho al mío. Su madre siempre estaba vigilándolo, poseía más energía que un juguete nuevo y siempre estaba el desastre doblando la esquina con él cerca. Con varios adultos descansando, era la oportunidad perfecta de probarme a mí mismo. Pasé una tarde con él, mimándolo, divirtiéndolo, jugando con los perros, conversando. Lo que un típico padre novato haría. Sentimientos nuevos y frescos surgían de aquella motivación. Ganas de enseñar, ganas de cuidar, de ser humano.

Cuando un cachorro se pierde, lo primero que hará la leona es ir a buscarlo y reprenderlo. ¿Qué nos mueve a ser padres? ¿Se nace o se hace? ¿Se tiene que pasar por experiencias similares para desarrollar afecto paternal? ¿Por qué algunos son más aptos para ser padres? ¿Por qué un padre está dispuesto a sacrificar su propia vida para hacer feliz al o los hijos? Mi padre siempre estuvo último en su lista de personas importantes. Siempre malcriándonos a mí y a mi hermana. De algún modo siempre tenía plata para satisfacer nuestras peticiones y vernos felices y regocijantes, abrazándolo y diciendo “GRACIAS”. Los padres son seres maravillosos, algunas veces molestos, algunas veces necesarios.

¿Qué me lleva a querer tanto un hijo? Sentir la satisfacción de que estás viendo a la próxima generación que hará lo mismo que tú una y otra vez. Aprenderá, crecerá, comerá, tomará, tendrá sexo, se divertirá, viajará, acompañará, aconsejará, bailará, se drogará, besará, amará, odiará, querrá, regalará, herirá, enojará, subirá, bajará, trabajará, estudiará, emprenderá, mandará, no dormirá, experimentará, finalmente morirá no sin antes dejar un legado, aquél que comience todo de nuevo.

Mientras más lo pienso, más lo deseo, y es ese el instinto animal que me mueve a querer tener un hijo, sangre de mi sangre, mi futuro, pero estamos en Chile, frente a leyes que nada pueden hacer, frente a una sociedad que no te ve con buenos ojos, donde la homofobia trasgrede todo, no distingue raza ni sexo ni edad. Donde eres llamado un pervertido o un degenerado. Pero sólo quiero ser feliz, y experimentar aunque fuese sólo una vez esa felicidad cuando un pequeño o una pequeña te dice por primera vez “PAPÁ”.


sábado, 10 de marzo de 2012

Lágrimas de un Payaso


Las luces se van, le dejan, el espectáculo ha acabado.

Las risas y los aplausos, le van abandonando en el acto.

Con el gorro ya guardado, y los guantes ennegrecidos, este pobre payaso se dirige al peor de sus destinos.

Marino, azul marino, el contorno de sus ojos muestra llanto, un suspiro.

Carmesí, rojo carmesí, aquellos labios ya desgastados, por todos esos besos olvidados.

Una punzada en el pecho que parte el alma, darse cuenta, que un buen hombre hace falta.

Con el músculo atado a su torso, el pobre payaso llora, llora de tristeza, por esa compañía vacía en su habitación, aquél espacio que nunca se usó, al cual nunca le cantó una canción.

Ya es de día, y las penas se han secado, la gente comienza a llegar, alegre.

El espectáculo debe continuar, con máscara o sin, el triste payaso llora, llora, sólo llora. El amor añora.


viernes, 9 de marzo de 2012

Juntos


No temas más, no llores, tu refugio aquí está
Seca esas lágrimas y calma ese miedo, lo malo se va
No tendré riquezas ni ego del cual adular
pero con mis brazos fuertes, te protegeré, te voy a abrazar.

Calla ya, dulce inocente, la noche está por quebrar
Un nuevo amanecer a lo fondo yace, próximo a saludar.
Aquí puedes ser feliz, puedes escapar,
No prometo vida eterna, más amor incondicional.

Siente mi latir al reposar tu cabeza
Siente, apóyate con firmeza.
Cuando un susurro necesites aquí estaré
El viento no me gana, mis palabras te daré.

Si alguien se opone firmemente,
diré, “¿Por qué nos odiáis tanto?“
me defenderé tajantemente,
avanzando siempre adelante.

No temas más, no llores, aquí estoy
No te dejaré solo, si debo irme
contigo me voy.


Botellas Rotas


Más de alguna vez desperté mal
rodeado de gente extraña para variar
Más de alguna vez desperté con extraños
enrollados en la cama para variar
Más de alguna vez desperté en rollado en mi cama
atrasado como siempre para la Universidad
Más de alguna vez llegué atrasado a la Universidad
perdía clases y compañerismo fraternal
Más de alguna vez perdí unas cuantas clases
no pude dar mi examen y me fue muy mal
Más de alguna vez me he estado mal
sufriendo por tonteras para variar
Más de alguna vez he hecho tonteras
tonteras que me llevaban a beber sin parar
Más de alguna vez he bebido sin parar
dolor de estómago, al siguiente día, despertando mal
Más de alguna vez desperté mal
pero la peor saber que a mi lado no estás.

Sólo un condón vacío.
Una carta de despedida.
Y un ron a medio acabar.





Holding Hands


Give me your hand,
tonite, we sail away.
We’ll travel across lands
above beaches and bays
over forests, night and day.

Give me your hand,
I promise to take care,
I will not hurt you
I will not dare.

Give me your arm,
soft and smooth,
I’ll polish your skin,
from head to foot.

Give me your back,
I’ll touch it slow,
so you don’t know
when the fuck I’m gone.

Give me your head,
your red lips,
I’ll kiss them roughly
I’ll mark them tips.

Give me your fingers,
cross them with mine,
cause tonite’s our’s to spend
we’ll go to heaven and be back in a jiffy
I’ll make you enjoy it, terrific.
I’ll bond our bodies tonite,
keep you smile, happy,
as long you’re mine.



Hearts Seeking Each Other

In blackest night, i’d cry a whole river.
In brightest day, I’d wake up with fever.
Isn’t only me? Don’t you understand the words?
Because we’re two lonely hearts seeking each other.
Because we’re torn apart, searching another.

Will I ever have the guts?
Take the courage and go nuts?
So scared to go further and say: “I love you”?
Will I ever stop this way?
Think the words and later say:
“The wall around won’t let me in”.
Because we’re two lonely hearts seeking each other.
Because we’re torn apart, searching another.

More regrets. I say goodbye to all your kisses.
Won’t forget. I’ll look across the shore to paste the pieces.
Daily walks around the beach.
Nightly times you spent with me.
But we’re two lonely hearts seeking each other.
And we’re torn apart, searching another.



Un nuevo comienzo

Cada cierto tiempo las personas tienden a experimentar cosas.

Cada cierto tiempo las personas tienden a ser diferentes, reinventarse, buscarse a sí misma. Queriendo ser reconocida para los demás.

Cada cierto tiempo, la gente renace, algunos con ropa, otros con trabajos, otros con hobbies, algunos pocos con Blogs,


Atentamente les saludo, a todos los humanos, animales y robots ahí afuera.

Milo.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...